10.2.11

CAPÍTULO II - Rebelión en Corrientes

En marzo de 1798 los indios Charrúas del norte de Corrientes, una provincia norteña de Argentina, cerca de Paraguay, se rebelaron.

Atacaron con éxito la Presidencia de la orden dominicana de la Rioja Menor, un asentamiento controlado por los jesuitas hasta que fueron expulsados en 1767. Exceptuando los sacerdotes, todos los españoles, incluyendo mujeres y niños, fueron asesinados. La batalla fue breve –duró menos de un día- pero las pérdidas, 1.200 muertos entre militares e indios, hicieron que esta rebelión fuese entendida como un reto por las autoridades españolas.
Las Misiones Jesuíticas, de las cuales existían alrededor de 30 en el fértil corazón de Sudamérica, fueron un raro ejemplo de eficaz intervención extranjera, diseñada para proteger a los nativos de la explotación y el exterminio de los colonizadores europeos. Por casi 150 años los jesuitas administraron estas comunidades económicamente autosuficientes, y demostraron que con instrucción y educación era posible que estos pueblos primitivos dominaran a la perfección disciplinas europeas como la arquitectura, la música y el arte. Además, para protegerse de los cazadores de esclavos provenientes de Brasil, lograron convertirse en una fuerza militar muy poderosa. Sin embargo, su éxito terminó llevándolos a la perdición, ya que se volvieron un impedimento cierto al suministro de mano de obra esclava para los colonos españoles.

La revuelta de los Charrúas fue uno de los últimos resultados del trágico destierro de los jesuitas, que había tenido lugar 30 años antes, después de que los relevara la corrupta administración local.

Contamos con un relato directo de esta tragedia ya hace tanto olvidada. Fue presenciada y registrada por un fraile dominico inglés. Su nombre era John Davie, y él y los otros religiosos no corrieron la suerte de los españoles porque habían entablado una estrecha relación con los indios. En realidad, dos de los frailes incluso apoyaron la rebelión.

El casi desconocido relato de John Davie se publicó como un libro bien redactado y de profundo contenido emocional, Letters from Paraguay (Cartas de Paraguay) -donde por “Paraguay” debe entenderse “Argentina”- en 1805.



















Poco se conoce de Davie, excepto lo que señala el Prefacio: que era “un caballero de educación humanista e importantes propie-dades que, siendo frustrados sus anhelos de felicidad con la mujer que amaba, decidió viajar para aliviar la tensión de su espíritu, y habiendo dejado su país para dirigirse a Nueva York, inició un intercambio de correspondencia con su íntimo amigo Taunton Deane”.

Su libro, que es de hecho un diario escrito con inmensa sensibilidad y gran lucidez, refleja su aborrecimiento ante la manera en que eran tratados los indios: “Cada Oficial tiene asignado un número de Nativos, y tan pronto estos perecen, los oficiales demandan una nueva cantidad. Tal insensato sacrificio gratuito de vidas, unido a los estragos espantosos que causa esa espantosa enfermedad viruela, van a terminar ocasionando su exterminio total”.

Davie termina como novicio católico en un Convento Dominico de forma puramente accidental. El barco en el que viaja desde Nueva York hacia Australia busca guarecerse en Montevideo debido a una tormenta. Davie cae gravemente enfermo, por lo que se ven obligados a dejarlo allí, desde donde es llevado a Buenos Aires para que los monjes dominicos cuiden de él. Al ver que una cruz pende de su cuello, los padres suponen que se trata de un católico romano -creencia que Davie juzga que no es prudente desmentir, ya que España se encuentra en guerra con Inglaterra en ese entonces. Se recupera, entabla una excelente relación con los padres y, aunque oficialmente es un prisionero, recibe un trato cordial y se le otorga la libertad de ir a la ciudad. Decide entonces volverse fraile dominico.

Rápidamente se gana la confianza de los monjes, y tiempo después se le concede su petición de visitar las Misiones. Viaja en balsa con otros tres dominicos río arriba, a Corrientes, no lejos de la frontera de lo que hoy es Paraguay, donde se les ha informado que la situación social está empeorando de manera alarmante.

Cuando los jesuitas fueron expulsados de sus Misiones, éstas quedaron bajo el control de los militares. Los inescrupulosos nuevos gobernantes se apoderaban de los tributos que los indios tenían costumbre de aportar en las Misiones y que siempre se había empleado en mejorar calidad de vida de los nativos. Además se temía que las nuevas autoridades quisieran esclavizar a los indios. Las Misiones jesuíticas, que fueron una de las formas más exitosas y sabias para ayudar a las vulnerables culturas agricultoras tradicionales se habían diseminado en distintos sectores del interior de Sudamérica. Los jesuitas construyeron iglesias magníficas, enseñaron oficios útiles a los nativos y los ayudaron a producir cultivos para la venta – principalmente yerba mate, una infusión muy popular.

Davie desarrolló gran admiración por los jesuitas, que hacía tanto habían sido desterrados: “Cuanto más pienso en esto más imagino cuánta inspiración habrán tenido los padres: pocos habrían perseverado ante sufrimientos tan espantosos; conocían el secreto mecanismo de las pasiones; comprendieron que la crueldad y el engaño no eran el camino para ganarse el corazón de estos seres rústicos y sin educación que viven en un estado natural”.

Sigue: “Los jesuitas juzgaron la situación y actuaron correctamente; la amabilidad y la persuasión lograron rescatar de las penumbras estas gemas de razón, que como el diamante, permanecieron ocultas en la oscuridad hasta que el ingenio del hombre encontró la manera de revelar sus bellezas. Espero que no sea pecado desear que este pueblo profundamente herido y que tanto ha sufrido logre hacer valer sus derechos y arroje a estos tiranos bárbaros de sus tierras.”

Lamentablemente el director religioso de la Misión, que podría haber influido en los hechos, muere cuando la rebelión está por ocurrir. Don Policarpio, el intensamente odiado Gobernador, hace arrestar a dos frailes -el Padre Miguel y el padre José- por su relación fraternal con los indios y por haberse aliado a la causa de los Charrúas. Davie describe la revuelta: “Me sacó de la ensoñación el fuerte y confuso estruendo de la multitud que se acercaba. En eso sentí el disparo de una bengala, los tambores llamaron a las armas y el penetrante grito de guerra de los indios hirió mis oídos. Aterrorizado me incorporé de mi silla y corrí a la ventana, pero de allí sólo se podía observar el jardín del convento. Me precipité hacia la puerta justo cuando ésta se abría y el indio amistoso que me había construido el confesionario entró a toda prisa seguido por unos 20 más. “Venga conmigo, Padre Matías” me dijo –ya que ése era mi título religioso- “con nosotros estará a salvo” ¿“Qué pasa?” grité “¿qué significa todo esto?- “El Padre Miguel y el Padre José (los frailes presos) fueron rescatados desde el río por unas tribus de Charrúas salvajes que se unieron a los indios del pueblo. Se han rebelado en masa y ahora rodean cada una de las casas de los  españoles, pero yo te mantendré a salvo”. Diciendo esto me arrojó parte de un cuero de puma sobre los hombros y me arrastró con él fuera del monasterio, hacia la Playa. Todo lo que atravesamos fue tumulto, horror y confusión.

Los militares huían en todas direcciones perseguidos por Charrúas armados con dardos puados, que arrojaban por el aire con increíble celeridad: “Los españoles estaban desprevenidos. Ésta era la revuelta que se había temido durante mucho tiempo, y que el Comandante, con demasiada seguridad, creía haber evitado. Me di cuenta, mientras andaba desde el monasterio hacia el río, que todos los que no llevaban un cuero de puma o  parte de él sobre los hombros eran de inmediato sacrificados, ya sea por los indios del pueblo o por los Charrúas. Cuando gané la Playa, lo primero que advertí fueron los cadáveres del Comandante y del Mayor General perforados por todas partes con dardos y flechas. Luego supe que lo arrastraron de su lecho y lo masacraron; su esposa y su familia murieron prácticamente de la misma manera, y tan repentino e inesperado fue el golpe que ni una sola de las personas que habían planeado matar había escapado.” “Los indómitos indios no le pusieron límite a su furia, sino que descargaron su venganza indiscriminadamente, sin hacer diferencias ni de edad ni de sexo. El tumulto en mi cabeza, mientras caminaba por sobre los cuerpos ensangrentados de los caídos, puede imaginarse mas no describirse.”

Cuando llegamos al salón comunitario encontré un gran número de indios vigilando a unos militares a los que habían hecho prisioneros sin herirlos, mas no pude saber la suerte que correrían. Mi indio amistoso me presentó a un amigo diciendo: “Él es amigo, no es español y debe ser protegido”.  El tumulto parecía intensificarse ahora, pero no se había disparado ni siquiera un arma de fuego: por lo que deduje que todo el infortunio… ¡era causado por flechas y dardos! El salón se llenó de indios del pueblo y jefes de las tribus salvajes, y me presentaron a todos ellos. Me miraban con una mezcla de sorpresa y admiración, debido al color de mi piel; nunca habían visto a un hombre tan blanco antes”. “La mayoría de ellos estaban cubiertos de sangre y tierra, eran hombres musculosos y fuertes, y la ferocidad salvaje de sus semblantes me hacía estremecer”.

A la mañana siguiente los dos frailes que habían sido apresados por el ahora fallecido Comandante fueron a ver a Davie y le preguntaron si deseaba quedarse con ellos en el convento y continuar con su misión o regresar a Buenos Aires. Le aseguraron que podría continuar con su misión con total libertad. Sin embargo, él elige que lo lleven en balsa de regreso a la capital, habiendo acordado que no traicionaría a los indios que lo iban a transportar.

Davie mantiene su pacto con los Padres, y en su última carta desde Buenos Aires manifiesta que la información que dio al regresar aterró a las autoridades, que con urgencia se pusieron a organizar el envío de tropas para reducir a los insurgentes.

Uno quisiera saber más acerca de estos rebeldes desesperados y oprimidos, y también de sus valientes frailes, pero desgraciadamente Davie no tiene nada más que agregar. El hecho de que en una revuelta de estas características los frailes no sólo no fueran vistos como enemigos sino que se los mantuviera a salvo nos dice mucho sobre la posición que ocupaban en esa época –de hecho, el clero menor fue claramente precursor de la Teología de la Liberación de las últimas décadas. Y, contrariamente a lo que uno podría esperar, Davie no se sintió moralmente obligado a condenar esta horrorosa matanza de colonos españoles, sino que pudo seguir apoyando a los indios en su lucha. El hecho de que no perdiera la fe durante ese calvario evidencia cómo era la situación de la época y cuán inquebrantables eran sus creencias.

Averiguamos un poco más de este hombre tan notable en el prefacio de su segundo libro, que fue publicado en 1819, 14 años después del primero. Su libro Letters from Buenos Ayres and Chile (Cartas de Buenos Ayres y Chile) nos dice algo más sobre las razones que tuvo para dejar Gran Bretaña con tanta prisa; tanto la prudencia como la desesperación deben de haberlo motivado, ya que el “asunto del honor llevó a una resolución fatal por parte del agresor”.

El desconocido autor del prefacio del segundo libro también relata que al regresar a Buenos Aires este intrépido explorador misionero emprende una vez más un viaje a otra Misión en Guairas, al norte de Paraguay donde, créase o no, se involucra en otra insurrección: la revuelta de los indios Cinguanes. Davie y dos frailes más acompañan a los indios en su retirada al remoto interior de Brasil, a algún lugar cerca del río Mamoré.

Entre 1806 y 1810 no se sabe nada de él y se lo cree muerto, pero repentinamente reaparece en Buenos Aires. Sin embargo, nada se nos dice sobre esos años perdidos, a los cuales sólo se hace referencia muy brevemente en una oración del prefacio.

Luego es enviado a Chile a recuperarse, y desde allí retoma su correspondencia. Mucho de su segundo libro es una historia de Chile, mas él nunca pierde su apasionado interés por los indios que conoce. Lo último que sabemos de este misionero viajero proviene de una carta escrita en Valdivia, en el sur de Chile, en la que continúa mostrándose fulminante ante las horrorosas injusticias que sufren los indios bajo la “Cristiandad diabólica” de los españoles -de hecho, la palabra cristiano era para los indios del sur un término ofensivo. Se comenta que falleció en Chile.

Davie tenía cuatro grandes pasiones. Éstas no cambiaron a lo largo de los 15 años en los que escribió sus diarios. En primer lugar, el interés y el respeto que sentía por los indios con los que entabló relación era indestructible. No era un idealista de oídas, ya que había vivido con indios por muchos años y había presenciado la horrorosa masacre de Corrientes. Uno sólo puede concluir que si la idea de justicia importara en estas situaciones, la que sufrieron los indios fue una traición inaceptable.

Su segunda pasión surge de su odio por los colonizadores españoles, que tanto maltrato dieron a los indios, y la tercera es la gran admiración que sentía por la tarea realizada por los jesuitas que ayudaron a las hostigadas y abusadas comunidades indias durante tanto tiempo.

Y en cuarto lugar, su convicción de que sólo la autoridad británica podría  salvar a este admirable pueblo de la extinción. Si tenía razón en que el comportamiento de los colonizadores británicos habría sido diferente es materia de interesante especulación.

Pero una de las grandes ironías de su vida y su trabajo es que, según el desconocido autor del segundo prefacio, las aspiraciones que motivaron a los ingleses intentar la conquista de Buenos Aires surgieron de la publicación del diario de Davie en 1805. Hubo dos malogradas invasiones inglesas, una en 1806 y la otra, mayor, en 1807. Ambas terminaron en ignominiosas derrotas.

Lo que Davie había realmente pedido con vehemencia ocurrió. Incluso más irónico fue que estas invasiones ocurrieran mientras se encontraba aislado en las selvas de Brasil: cuando regresó descubrió que se había intentado cumplir su gran sueño, pero que éste se había hecho añicos.

Lamentablemente no sabemos nada más de este misionero intrépido y viajero. Su última carta fue enviada en 1814 desde el sur de Chile, donde se encontraba aún como abanderado de la causa araucana en la lucha contra el gobierno español. Puesto que sus dos libros nunca se reimprimieron, tanto sus opiniones como sus experiencias durante este triste periodo de la historia aborigen y colonial son poco conocidas. Él y la historia merecen más. 

REFERENCIAS

“Letters from Paraguay”, John Davie, 1805
“Letters from Buenos Ayres and Chile”, John Davie, 1819


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1 comentario:

Anónimo dijo...

Charruas en el norte de Corrientes???