10.2.11

CAPÍTULO IV - Pioneros del Comercio

VIDA Y POLÍTICA EN LOS COMIENZOS DEL SIGLO XIX

Debe de haber sido un espectáculo espléndido. Doscientos cincuenta buques de vela zarpando desde Portsmouth el 6 de octubre de 1806. Su destino era el Río de La Plata. En ellos partían 5.200 hombres de los más experimentados de las tropas británicas.

A comienzos de ese año se había generado gran excitación cuando se supo que un pequeño contingente de 1.600 soldados británicos, inesperadamente y sin autorización se había desviado de su camino a Sudáfrica y había invadido Buenos Aires, la capital española del Virreinato del Río de La Plata. Sin embargo, de inmediato quedó claro que probablemente un contingente de número tan reducido sería insuficiente para mantener bajo control una ciudad de 41.000 habitantes, más la enorme zona que cubría el Virreinato. Por este motivo se movilizaron refuerzos a toda velocidad.

Durante varias décadas, Gran Bretaña había vigilado las ricas colonias españolas de Sudamérica, en las que veía un gigantesco mercado insatisfecho, ideal para las mercancías que manaban de sus flamantes fábricas, y había hecho algunos intentos fallidos y poco sistemáticos para liberar a España de su carga. También en Gran Bretaña se habían refugiado muchos criollos rebeldes que ansiaban que su tierra se independizara de España.

El interés de la corona por las colonias sudamericanas era primordialmente comercial, aunque lograr debilitar a un rival europeo siempre le iba a resultar de utilidad.

La propuesta de colonizar propiamente la zona distaba mucho de ser popular entre la elite que gobernaba Gran Bretaña, ya que la experiencia en Norteamérica los había convencido de que las colonias eran como frutas en los árboles: una vez que crecían y se volvían  jugosas, se caían. Por otra parte, abrir lo que parecía ser un vasto mercado colonial español dominado por monopolios españoles ineficientes era una perspectiva atractiva. Tanto que de esta vasta flota de doscientos cincuenta buques, setenta eran de comerciantes cargados con algodón y otras mercancías de bajo precio, que no podían venderse en el continente debido al bloqueo económico impuesto por Napoleón.

En pocas ocasiones, y de manera tan obvia, una aventura militar ha perseguido con tanto descaro un sórdido interés comercial.

Pero la fácil invasión a Buenos Aires iba a durar muy poco. Cuando los sorprendidos habitantes descubrieron que su ciudad había sido tomada por una tropa de número tan reducido, los comerciantes españoles más importantes -que tenían mucho que perder- junto con los sacerdotes -para quienes los protestantes eran herejes- se organizaron y rápidamente superaron al pequeño contingente, cuarenta y siete días después de que éste hubiese puesto un pie en la ciudad.

Puede parecer extraño que los inquietos habitantes de una colonia administrada con tantas falencias no dieran la bienvenida a un nuevo régimen cuyo sistema de gobierno parlamentario era la envidia de los liberales de todo el mundo. En efecto, los criollos liberales probablemente estaban encantados y, lo que se ha mantenido como un secreto muy bien guardado es que cincuenta y dos ciudadanos ilustres juraron lealtad a la corona inglesa –cuatro de éstos eran en realidad miembros de la Junta que tres años después daría el primer paso para romper lazos con España. Sin embargo, la mayoría estaría sin duda indignada por esta repentina apropiación de su ciudad llevada a cabo por tropas extranjeras, y la iglesia y la clase dirigente española no tuvieron dificultad en organizar una oposición masiva contra estos herejes.

Las noticias de la rendición causaron pánico en el gobierno británico y, aparte de la flota que ya había zarpado de Portsmouth, agregaron otra que habían enviado secretamente a invadir Chile y/o Perú vía océano Pacífico y que recién había alcanzado el Cabo de Buena Esperanza, ordenándole que cambiara su destino al Río de Plata. De esta forma 4.300 hombres más se dirigían por mar a conquistar un mercado que, todos creían, iba proporcionar suculentas ganancias a los exportadores ingleses.

En total un ejército de alrededor de 9.000 hombres -enorme para los parámetros del siglo XIX- convergió en el Río de La Plata. El estuario ha de haber presentado un espectáculo alucinante cuando más de doscientos cincuenta buques viraron hacia Montevideo. Luego de una enérgica lucha conquistaron esa ciudad y  el escenario quedó entonces preparado para la reconquista de Buenos Aires.
 
Las tropas desembarcaron en el 27 de junio de 1807 en el lado actualmente  argentino del río, pero estaban a varios días de ardua marcha de la Capital. Para ese entonces el gobernante español anterior había sido reemplazado por un Virrey (oficial de la corona española pero nacido en Francia) más eficiente, y la ciudad y sus habitantes ya estaban preparados. Todas las casas tenían techos planos y todas las calles eran perfectamente simétricas: era el paraíso para  quien supiera montar una buena defensa. El General Whitelocke, Comandante Británico, instruyó a sus tropas para que tomaran el centro de la ciudad tan pronto como fuera posible y para que, al menos al principio, no respondieran al fuego. Esto puede parecer un gesto de prudencia, pero resultó fatal para los atacantes, que casi inmediatamente perdieron 3.000 hombres. Este revés, combinado con la enérgica resistencia y una total falta de organización llevó de nuevo a una derrota aún más humillante. Whitelocke tuvo una corte marcial a su regreso y  fue relevado por incompetencia militar.

El juicio del General Whitelocke
 Como la mayoría de los militares saben, invadir una ciudad contra la voluntad de sus pobladores no es una tarea para cobardes, y menos para incompetentes. George Monkland, un oficial subalterno en el ataque, dijo: “Creo que toda la población masculina estaba con las armas en la mano ese día” y agregó “las mujeres también, porque de hecho muchas mujeres e incluso niños se ocupaban de arrojar granadas de mano y ollas de sustancias combustibles desde las ventanas y los techos de las casas”.

Es interesante notar que las tropas derrotadas fueron tratadas bien, gracias a la población local, pero también al hecho de que las tropas inglesas estaban bien controladas.

En Montevideo había habido algunos saqueos, pero se los había detenido rápidamente. Un historiador argentino contemporáneo, Emilio Fernández Gómez, argumenta que ni bien la gente se dio cuenta de que los ingleses “no trataban con el diablo y eran tan cristianos como ellos, la hostilidad fomentada por su aislamiento y por la iglesia se disolvió”.

En Buenos Aires se contaba una anécdota divertida sobre una mujer que se presentó ante el victorioso Virrey español y le dijo que ella y sus hijas habían capturado a diez soldados ingleses cuando irrumpieron en su casa pidiendo agua. Les habían ofrecido vino, los habían llevado a una habitación y habían cerrado la puerta con llave. La mujer rogaba que les permitieran quedarse en Buenos Aires, ya que los términos de la capitulación exigían que se los repatriara, y dijo que sus hijas querían casarse con dos de ellos. Uno puede sospechar que los soldados eran desertores y que encontraron un afectuoso resguardo en esta casa, pero lo que esto indica con seguridad es que existía menos hostilidad hacia los extranjeros de la que uno podría suponer.

De hecho, parece haber habido gran cantidad de deserciones durante la batalla, y Monkland relata que un clarinero del Regimiento 71 tocó un cese al fuego con “el propósito de confundir a nuestras tropas”, y que otro fue capturado concretamente peleando para los españoles. Sin duda a muchos soldados se les ocurre desertar cuando están bajo fuego y en esta ocasión tenían muchas oportunidades para hacerlo.

La derrota y la denigrante capitulación de Whitelocke -que innecesariamente incluyó a Montevideo- provocaron un brote de furiosa decepción en quienes tanto habían invertido en este emprendimiento.

General Whitelocke, años más tarde
 “Cobardía” y “traición” eran quizás las palabras más educadas que empleaban los comerciantes, y por cierto muchos de los competentes generales que no podían creer la desgracia que estaban viviendo.

Fue con “abyecta mortificación” que Monkland relata que la flor del ejército británico “…fue conducida entre las líneas de una chusma adornada con sus enseres como si fueran trofeos, que exhibían su cargo sólo gracias a un pedazo de trapo rojo sujeto al sombrero, muchos vistiendo sólo harapos, casi todos sin zapatos ni medias, 7.000 hombres bien entrenados, armados y equipados, retrocediendo ante tal rival”.

Afortunadamente para los vencidos, se les brindó atención y cuidado a los heridos, a quienes el General vencedor visitó, lamentando la situación y encogiendo los hombros… “son las cosas de la guerra”, decía.

En Montevideo, donde las tropas y los comerciantes se habían establecido, parece que se llevaban todos tan bien que como despedida el General Gower organizó un “gran baile” al cual se invitó a “ciudadanos prominentes” y al General al mando Auchmuty los pobladores le obsequiaron un pergamino impresionante en el que lo elogiaban por su conducta.

Por cierto, las experiencias de George Monkland no pueden haber sido todas amargas y humillantes, ya que encuentra tiempo para dedicar dos páginas como panegírico al “bello sexo”. Elogia su hermosura y afirma que “no son tan opuestas a las inglesas como uno podría imaginar; son de maneras francas y su pasión, como una llama oculta por mucho tiempo, sólo espera la oportunidad para encenderse con ardor decuplicado, tienen buen temperamento, mucha vivacidad y agudo ingenio”. Ah, los sueños y fantasías de la juventud….

La ironía, y también la tragedia, de esta funesta aventura militar que intentaba abrir nuevos mercados para las arcas de las fábricas inglesas, fue que en 1808 Francia atacó a su aliado España, y entonces España se alió a Inglaterra. Y entonces el Tesoro del Virreinato del Río de La Plata había mermado tanto que se decidió abrir la colonia a productos importados de Inglaterra para obtener ingresos de la aduana. Cuántos miles de vidas podrían haberse salvado si la expedición hubiera esperado un año.


JOHN ROBERTSON

Parte de esta histórica aventura,  asombrosa y humillante, por cierto, fue que un chico escocés de catorce años, John Robertson experimentó su primer contacto con Sudamérica. John Robertson acompañó la flota desde Portsmouth a Montevideo. Venía de Edimburgo, y pertenecía una familia de profesionales de situación holgada. Él y sus hermanos habían asistido a la escuela primaria, y eran, como lo demuestran los libros que escribieron después, muy instruidos y de gran inteligencia.

John Parish Robertson
Pero ¿qué estaba haciendo un chico de catorce años en lo que ha de haber sido una aventura costosa e incluso arriesgada? Según su propio relato: “Como era yo un chico impetuoso, sentía ansias de visitar una tierra que se describía con colores deslumbrantes; se decía que estaba repleta de oro, deseosa de adquirir productos de los abarrotados almacenes británicos, y poblada de mujeres bellas y hombres apuestos”. Cómo hizo para formar parte de esta aventura no queda claro, quizá haya sido por medio de contactos personales o quizá hubo de pagar,  pero era a todas luces un inteligente y emprendedor representante de su país.

Él y su hermano iban a escribir, tres décadas después, dos libros que arrojarían una maravillosa luz sobre la excitante vida social y el terrible caos político que siguieron a la independencia. Su primer libro “El Reino del Terror de Paraguay y Francia” (1838) y luego “Cartas de Sudamérica” (1843) abarcan tres tomos cada uno y son, en concreto, el relato de su historia personal que abarca muchos aspectos de esta época turbulenta. Lamentablemente nunca volvieron a imprimirse y son una preciosa rareza.

John tuvo su primera experiencia de vida latina cuando la ciudad de Montevideo fue tomada: a él y a los otros comerciantes les dieron entonces total libertad. Omitiendo los saqueos de las tropas -que ocurrieron al principio pero que fueron controlados- el nuevo régimen británico se estableció como una administración tolerante y competente, y en seguida la vida volvió a la normalidad, sorprendentemente casi sin que existiera oposición a las nuevas autoridades.

Esto llevó a que John, que había estado estudiando castellano durante ese tiempo y que no se había ahorrado molestias para relacionarse con la gente del lugar, descubriera que la hostilidad inicial había desaparecido y que la vida social había retomado su curso.

Se entusiasmó visiblemente al descubrir las tertulias, organizadas por las familias más distinguidas de la ciudad y a las cuales era invitado, una espléndida forma de entretenimiento social tan diferente de la vida social presbiteriana a la que se hallaba acostumbrado.

Las tertulias eran reuniones sociales abiertas al público que se celebraban a la noche, y a las cuales los amigos podían ir a darse una vuelta y disfrutar de una “mezcla de música, danza, café, juegos de naipes, risas y conversación. Las parejas jóvenes bailaban el vals y coqueteaban en el medio del salón, las mayores conversaban con el espíritu y la vivacidad de la juventud”.
John, como Monkland, estaba totalmente encantado con las mujeres del lugar, ya que dice: “Nunca vi mujeres con más gracia y belleza”. Le causan tanta emoción que cita a Milton:
“Había gracia en sus pasos, sus ojos eran el paraíso,
y todos sus movimientos expresaban dignidad y amor”

John continúa contando que cuando lo invitaban a una casa “ésta es su casa(ver nota 1), podía entrar o salir a cualquier hora del día (la hora límite eran las 8 p.m.). Describe estas ocasiones diciendo: “estas oportunidades para admirar su (de las damas) atractivo personal, su fluidez de palabra y sus armoniosas maneras”. Estaba sorprendido de que le ofrecieran su amistad a pesar de que “los ingleses eran sus enemigos y recientes conquistadores” Dice de las generosas atenciones que recibe “sin duda se fundan en mi juventud y en mi interés por conocer su idioma, sus maneras y sus costumbres”. Sin duda la novedad de un extranjero en una sociedad tan cerrada también suponía una gran atracción.

La derrota y la capitulación del ejército de Whitelocke provocaron un brote contra esta “pérdida de vidas criminal”, su “tenaz estupidez” y su “incapacidad total”. John argumenta que Whitelocke tenía tres formas de tomar Buenos Aires: sitiarla hasta que la ciudad se quede sin provisiones en algunas semanas, bombardearla o invadirla casa por casa. En vez de optar por alguna de estas posibilidades, hizo que sus tropas marcharan por túneles de fuego ordenándoles que no disparen.

La derrota arruinó a muchos de los comerciantes que esperaban hacer fortuna  en los mercados del Río de La Plata, y que culpaban al gobierno británico por haberlos entusiasmado dándoles información errónea acerca del calibre de la ávida demanda de mercancías británicas. Probablemente un reclamo bastante acertado, pero incluso el más optimista de los asesores comerciales de este mercado latino debe haber tenido sus recelos cuando setenta buques con mercadería zarparon para el Río de la Plata.

Lo que resulta extraordinario de acuerdo a los parámetros internacionales y políticos actuales es que se aceptara tan abiertamente que lo que motivaba la iniciativa militar era puro interés comercial, tanto que los comerciantes esperaban sin tapujos beneficiarse de esta costosa iniciativa estatal.


EL REGRESO DE JOHN

Mas John no se desalentó con este desastre nacional y regresó a Sudamérica, en principio a Brasil, que no le gustó para nada, y luego a Buenos Aires. Tenía diecisiete años por ese entonces, y como había aprendido castellano, sentía que tenía ventajas comparado con el resto de los comerciantes, pero uno tiene la leve sospecha de que la vida social que encontró fue un potente imán que lo incitó a volver.

Parece haber trabajado para una de las tantas casas comerciales británicas que se establecieron en Buenos Aires –había al menos sesenta y cinco, y los británicos eran, de lejos, la mayoría de extranjeros en el país. Las exportaciones británicas manaban desde sus numerosas fábricas hacia todo el mundo, suministrando textiles de calidad sumamente baratos y bienes de consumo que pronto sobrepasaban las menos eficientes industrias locales. Cuando se abrieron los mercados de Buenos Aires, los productos de algodón de Gran Bretaña arrasaron el país, suplantando los ásperos lienzos de fabricación local. Woodbine Parish, el primer Cónsul Británico, escribía unos años después: “El Gaucho las viste (las prendas de algodón) en todas partes. Tomen toda su indumentaria –examinen todo lo que está usando- y ¿qué tiene -que no sea de cuero sin curtir- que no sea británico? Si su esposa tiene un vestido, se puede apostar diez a uno a que es hecho en Manchester; la sartén en la que cocina la comida en el rancho, la loza en la que come, el cuchillo, el poncho, las espuelas, el freno… todo es importado de Gran Bretaña”.

Woodbine Parish
Gran Bretaña era la China del siglo XIX, sólo que potenciada, porque no producía solamente bienes de consumo, sino también bienes de capital. La liberación del comercio tuvo sin embargo, en segundo plano, un importante efecto social y por cierto político. Destruyó los obsoletos monopolios en los que se basaba el poder de pequeños grupos políticos bien conectados y permitió que floreciera la iniciativa individual y que emergiera un sistema político y social más abierto.

Los dos libros fascinantes de John y su hermano William ofrecen tan sólo unos pocos relatos acerca de sus negocios. Resultan de gran interés porque revelan aspectos de la vida política y social de lo que más tarde sería Argentina en sus años de formación. Sus contactos políticos son fascinantes, no hay personaje importante con quien no hayan mantenido una relación cordial: Pueyrredón, San Martín, Rivadavia, Moreno... todos figuran en sus relatos porque, siendo este círculo social tan acotado, todos estaban cerca de los Robertson y se mostraban amistosos con ellos.

Los Robertson tenían la delicadeza de cultivar lazos y mezclarse con la nueva elite criolla, a diferencia de muchos de sus colegas británicos, que tendían a mantenerse aparte, en su propio círculo. Comentan: “Cuando de juzgar a los extranjeros se trata, nosotros los ingleses no solemos darle la importancia debida a su educación, contactos, costumbres y tradiciones. Estamos seguros de que nosotros tenemos razón y de que los extranjeros están equivocados –somos muy  excluyentes, siempre olvidamos, mucho y de todos los modos posibles, que todos pertenecemos a la gran familia de la humanidad”. Si bien los Robertson pueden ser un poco severos, ya que la mayoría de las sociedades creen que su forma de vida es mejor que la de los demás, los hermanos no consideran la gran barrera que la religión creaba entre los católicos y los protestantes, que era inmensa en esos días. No obstante, es muy cierto lo que afirman.

Sin embargo, abundan en elogios a las buenas relaciones entre los comerciantes ingleses y los hospitalarios americanos “En pocos lugares del mundo hay tal franqueza en el intercambio entre la gente del país y los extranjeros en general, pero en especial con los ingleses. Distintos en lenguaje, religión, costumbres y educación, siempre ha habido una influencia mágica en el  espíritu de ambas partes que deja en el olvido esos fuertes rasgos distintivos, que a menudo establecen una barrera casi imposible entre dos naciones, acercando íntimamente a sudamericanos e ingleses, como si pertenecieran a una misma familia. Ambas visiones, por supuesto, se contradicen, pero ¿por qué no?

John continúa con una extenso homenaje a la población local refiriéndose a ellos y explicando que esta amistosa conexión se debe principalmente a su “urbanidad, modales y sinceridad”, y agrega “no se burlan de quienes son inferiores y tampoco son aduladores”. Señala “una joven dama baila con la misma cordialidad con un hombre anciano o torpe que con uno joven y elegante”. Y por cierto éstas son cualidades que uno advierte en muchas familias sudamericanas aún en la actualidad.


LOS EMPRENDIMIENTOS DE LOS ROBERTSON

Sus diarios nos proporcionan sólo unas pocas pistas respecto a los negocios de estos inteligentes y emprendedores hermanos, y no es nuestra intención enfocarnos en eso, pero una somera descripción sirve para reconocer sus logros y ayuda a establecer su rol en este periodo de la historia argentina fascinante y turbulento.

John dejó Buenos Aires en 1811 para establecer un comercio en Paraguay, y fue el primer ciudadano británico en hacerlo (en realidad, se encontró con un desertor del ejército británico que había llegado allí antes que él). Puesto que al barco que se proponía enviar le llevaría tres meses llegar a Asunción navegando contra la corriente, decide viajar a caballo, lo que le insumiría sólo dieciséis días. Por eso es que, armado con dos pistolas y acompañado por un Gaucho y un postillón, emprende camino, y cubren 120 Km. el primer día.

Es bien recibido en Asunción, en donde pasa tres años (sin tener la oportunidad de conversar en inglés ni siquiera una sola vez) bajo la vigilante y al principio amistosa, aunque tiránica, mirada del Dr. Francia, el dictador de este aislado país. Era a todas luces una rareza muy popular y tenía un trato regular y afable con este dictador, cuya paranoia crecía con el tiempo. Parece haber disfrutado de su vida social. Sin lugar a dudas un joven inglés de dieciocho años que hablaba español con fluidez debe de haber sido toda una novedad, a pesar de ser un “hereje”. De hecho, relata cómo una adinerada y vehemente viuda de 82 años, en cuya casa se alojaba, se enamoró locamente de él y contrató músicos para que le tocaran una serenata, para total bochorno del joven.

Uno de los aspectos sociales locales que más le intrigaba era que en las muchas cenas suntuosas a las que asistía como invitado los sirvientes eran niños esclavos desnudos. Por supuesto, al ser Paraguay un país muy caluroso no parece desatinado desde el punto de vista de la indumentaria, aunque sigue siendo una costumbre bastante curiosa.

Finalmente, sin que hiciera nada que lo ameritara, fue expulsado porque había tenido la temeridad, durante una visita a Buenos Aires, de llevar una carta del presidente Alvear de Argentina (en realidad en esos días eran Las Provincias Unidas del Río de La Plata) para el Dr. Francia, en la que solicitaba que le permitiera reclutar paraguayos para el “Ejército Argentino”. Por suerte, cuando lo expulsaron pudo embarcar grandes cantidades de yerba mate y hacerse de “una pequeña fortuna” en el proceso.

Sin embargo, para llegar a Buenos Aires con sus dos barcos, tenía que atravesar inadvertidamente el bloqueo español del Río de La Plata. Teniendo esto en cuenta había llevado un grupo de indios armados para que lo protegieran en caso de ser atacado. Afortunadamente los dos buques españoles no lo divisaron, y los barcos de John lograron colarse amparados por la noche.

Él y su hermano, que se le había unido, se mudaron entonces a la anárquica y espléndidamente fértil provincia de Corrientes, entonces controlada por un Caudillo disidente, Artigas, con quien enseguida estableció una relación amistosa que le aseguró que los Gauchos merodeadores no lo molestaran.


Artigas
Relata que la provincia estaba “sometida a saqueadores sin ley, los cuales o eran alentados por Artigas o tenían vía libre para actuar, y en una emergencia Artigas podía juntar a todos estos bandidos desparramados para luchar por su causa, una falange temible e irrompible, a la que podía hacer recorrer 120 Km. por día hacia cualquier punto del país”.

No obstante, si uno tenía un “pasaporte” de Artigas automáticamente tenía su protección, y podía sentirse razonablemente seguro, aunque Robertson admite que “uno vivía en un constante estado de alarma”.

En esta coyuntura se encuentra al hombre más extraordinario, intrépido y desesperado que conoció en su vida: “de rostro duro, bigotes de un rojo feroz, cabello despeinado, y que llevaba consigo dos pistolas y un sable: era una visión aterradora”. Es uno de los hombres de confianza de Artigas, y Robertson queda atónito al descubrir que habla inglés, que nació en Tipperary, y que en realidad es un desertor del primer ejército británico. Su nombre es Peter Campbell. Allí entablan una gran amistad, y Campbell comienza a trabajar como su representante, recogiendo cueros por toda la provincia.

La fertilidad pura y sin desarrollar de estas tierras se puede advertir en un contrato que hacen los Robertson con un estanciero que tiene veinte mil caballos salvajes en su tierra, a quien le compran sus cueros a tres peniques cada uno. Pese a esto, para recoger estos cueros, los comerciantes tenían que pagar por adelantado a los ganaderos locales, y existía el riesgo de que muchos de estos adelantos nunca fueran restituidos.

Sin embargo, con Don Pedro Campbell como su agente, ningún deudor osaba renegar de su deuda.

Don Pedro Campbell
Los Robertson transformaron por cuenta propia la situación económica de la  miserable provincia anárquica al ser los primeros en reintroducir dinero en la economía (describen cómo el trueque era la forma principal de hacer negocios hasta entonces). Sin embargo, lo más significativo es que proporcionaron un mercado seguro para las enormes manadas de ganado que se nutrían de los suculentos pastos de esas tierras al pagar más que los magros precios que pagaban otros comerciantes y, lo que tal vez es más importante aún, al ofrecer bienes de consumo británicos a precios populares. Luego de tres años, en 1816,  partieron, dejando a cargo de su negocio a un leal agente local de nombre disonante, el Sr. Posthelwaite- con cuatro hermosas hijas- para que continuara con su trabajo.

Partieron en dos barcos profusamente cargados, y fueron despedidos por la población entera del pequeño puerto de Goya. La bandera inglesa ondeaba en su mástil, ya que el comandante británico de la estación de Buenos Aires les había otorgado este privilegio, así como protección para ellos y su propiedad, por ser súbditos de un estado neutral y amistoso. Pudieron vender sus cueros a entre un 2.800 y 3.000 % más que lo que habían pagado por ellos, y aunque por supuesto tenían gastos que afrontar, admiten haber obtenido “ganancias muy grandes”.

Si bien los Robertson a todas luces hicieron una inmensa cantidad de dinero en este negocio, como también en los anteriores en Paraguay, se embarcaron en grandes riesgos al hacerlo, ya que el estado de anarquía que predominaba en el país hacía que cualquiera que tuviera dinero corriese el riesgo de que le robaran o incluso de que lo asesinaran.
John cuenta cuando en una horrible ocasión fue capturado por una cuadrilla de gauchos disidentes que iban a matarlo. Lo desvistieron y lo mantuvieron atado por varios días, pero una curiosa costumbre gaucha le salvó la vida.

Los miembros de la banda tenían derecho a pedir un favor especial, y uno de ellos pidió que se le perdonara la vida a John. Así fue, y John se las ingenió para pasarle una nota a un fiel sirviente que galopó durante tres días para llevarle su mensaje al Presidente de la República y al comandante del cañonero británico, quienes prontamente respondieron con duras advertencias al Caudillo local, Artigas, para que lo liberara de inmediato. Y así se hizo. Cuando tiempo después John halló a aquel gaucho para agradecerle y recompensarlo, le preguntó por qué había decidido salvarle la vida. El gaucho de encogió de hombros despreocupadamente y dijo: “Se me antojó…” La recompensa la perdió rápidamente en apuestas.

Si bien los Robertson dejan claro que siempre se vivía un estado de alarma mientras se trataba de establecer quién gobernaría el país, los súbditos británicos llevaban generalmente una vida apacible, aunque la inquietud general con frecuencia les creaba dificultades financieras. La peor contrariedad era que las pandillas merodeadoras de soldados o bandidos capturaban los caballos favoritos de las estancias.

Es obvio que la gente confiaba y respetaba mucho a los Robertson, como a la mayoría de los comerciantes británicos. Y ciertamente Gran Bretaña no podría haberse desarrollado como un importante exportador internacional si los mercaderes locales no hubieran distribuido las mercancías que les solicitaban.

William relata que Artigas le encargó armas y se las pagó por adelantado. Queda claro que confiaban en ellos, y sin duda esto explica el origen de una frase muy común en ese entonces que se utilizaba para indicar confiabilidad: “palabra de inglés”.

Los Robertson pudieron hacer suficiente dinero -₤60.000, en concreto- para invertir en un proyecto de colonización agrícola escocesa cerca de Buenos Aires. Con el apoyo del Presidente liberal Bernardino Rivadavia, que tenía interés en que inmigrantes anglosajones se asentaran en el país lograron que alrededor de doscientos cincuenta inmigrantes se establecieran en tierras que ellos habían adquirido.

El proyecto funcionó bien por varios años pero finalmente colapsó y dejó a los Robertson en bancarrota. Sin embargo, la iniciativa hizo que muchos inmigrantes emprendedores se establecieran en el país y que aportaran nuevas ideas y métodos, construyendo las bases de una próspera comunidad escocesa.

Los Robertson no hacen referencia a esta malograda inversión, ni mencionan cómo introdujeron el primer barco de vapor con paletas en el Río de La Plata. Tampoco cuentan que estuvieron involucrados en el primer gran préstamo de Gran Bretaña al Gobierno en 1823. Uno sospecha que estas omisiones no son fruto de la modestia, sino que posiblemente tienen que ver con la vergüenza, ya que desde el punto de vista financiero estas actividades no resultaron tan provechosas como se había planeado.

Los Robertson continuaron comerciando desde Buenos Aires, Liverpool, e incluso probaron suerte en los nuevos países independientes de la costa del Pacífico durante muchos años antes de retirarse a Inglaterra en algún momento en la década de 1830. No está para nada claro cómo se recuperaron de la quiebra resultante de la colonia fallida, pero parecen haberlo logrado porque escriben dos libros fascinantes y básicamente afectuosos acerca del tiempo que vivieron en el Río de La Plata y de la gente que conocieron allí.

Los comerciantes británicos hicieron una inmensa contribución al nuevo país. Colaboraron en la fundación del primer Banco Central, ayudaron a establecer la primera Biblioteca Nacional -para la cual aportaron fondos-, jugaron un importante papel en la introducción de nuevas razas de ganado, semillas y cultivos y, más tarde, participaron en el desarrollo de vías de ferrocarril, servicios de agua y electricidad, sin mencionar todos los deportes en los cuales Argentina, después de un siglo o más, se ha destacado.


POLÍTICA Y PERSONAJES

Los Robertson vivieron los dolores de parto de la nueva nación. Conocían personalmente a los nuevos gobernantes, ya que estos formaban una pequeña elite y ellos tenían facilidad para establecer relaciones amistosas con todas las personas importantes en esos días dramáticos.

Los primeros pasos hacia la independencia se habían dado en 1810 cuando se estableció una forma de “Gobierno Local” debido a que la Corona Española había sido usurpada por Napoleón.

Si bien al principio los comerciantes españoles tomaron el control, la clase media criolla tuvo rápidamente la fuerza necesaria para asegurarse el dominio del nuevo gobierno gracias a la existencia de las milicias que se habían creado para combatir a los británicos.

Los criollos dominantes eran gente como Moreno, Rivadavia, Saavedra y Belgrano, en quienes es evidente la influencia de los filósofos de la Ilustración: Voltaire, Smith, Mill y, por supuesto, la experiencia estadounidense. Básicamente eran liberales partidarios del libre comercio que consideraban a Gran Bretaña como un buen contrapeso ante los comerciantes españoles monopolistas que habían dominado el sistema político.

Sin embargo, cuando los criollos se aseguraron el control, surgió una lucha de poder que perduró durante décadas y que incluso en la actualidad es un factor que incide en la política Argentina. Es la casi inevitable lucha en el proceso de desarrollo económico entre una elite urbana que depende económicamente de un “rezagado sector rural”. Los primeros necesitan gravar los productos de los últimos para financiar sus necesidades económicas a largo plazo (caminos, puertos y energía) y sociales (educación, salud y defensa) pero casi inevitablemente surge aquí un abuso de este poder que conduce a la reacción violenta y la toma de control de tiranos rurales populistas y dictatoriales a quienes localmente se denomina Caudillos, y que son líderes o cabecillas del sector.

Así que el proceso de toma de control no fue ni fácil ni tranquilo. Uno de los primeros líderes de la revolución en caer fue Mariano Moreno, uno de los grandes líderes liberales, cuyas ideas políticas “centralizadoras” eran probablemente muy extremas para la visión de sus colegas. Moreno fue pronto derrocado por un golpe de Estado y enviado al exterior. Luego de muchos años de tumulto político, en 1816, la independencia fue declarada formalmente y un hombre de armas, Juan M. de Pueyrredón fue electo primer Director. Su gobierno fue un fracaso, y según los Robertson, extremadamente corrupto. Finalmente los Caudillos rurales atacaron y tomaron el control de la capital en 1820. A pesar de este cambio de poder muchas de las políticas de una sociedad liberal sobrevivieron, en gran parte gracias a Rivadavia, quien insistió en continuar con políticas que promovieran el libre comercio, la inmigración y las inversiones extranjeras hasta 1828, cuando una nueva Constitución centralizadora en exceso provocó otra enorme rebelión rural y el advenimiento de un poderoso déspota rural, Rosas, cuya administración tiránica (para los liberales) dominó el país por otros veinte años.

Las observaciones de los Robertson acerca de las políticas y los personajes de esta página de la historia son interesantes: Comienzan comentando que: “Una de las razones más importantes de la lucha constante que caracterizaba el país se debía principalmente al hecho de que obtuvieron el poder con mucha facilidad, y ese sentido de unidad que crean las grandes luchas no existió en las políticas sudamericanas”. “Si el poder de los españoles hubiese sido mayor” dicen, “habrían tenido que unirse más para vencerlos, y habría habido menos oportunidades para las glorias individuales”.

Una autoridad en el tema, el Profesor David Rock, describe esta época como “un torbellino de fuerzas políticas en constante competencia, lo que hace que este periodo haya sido uno de los más complejos de la historia argentina”.

Sin embargo la lucha por el poder no era personal bajo ningún punto de vista, sino que reflejaba la antiquísima confrontación entre los sectores rurales y la elite urbana. Esta última había logrado asegurar la independencia y era, por lo general, muy culta, pero en el aspecto económico dependía casi totalmente de una comunidad rural resentida y poco instruida, que no veía con buenos ojos a quienes les imponían gravámenes y los despreciaban.

Esta rivalidad casi universal se reflejó en los dos partidos principales que surgieron entonces: los Unitarios, que representaban a los citadinos liberales, y los Federales, que representaban a las provincias. Este conflicto fue descrito tiempo después en un clásico olvidado, “Civilización y barbarie”, por Domingo F. Sarmiento, quien luego se convertiría en uno los mejores presidentes del país.

Otra interesante observación de los Robertson para explicar la anarquía -observación que nos resulta familiar aún doscientos años después- se refiere a la política de España de no educar a sus súbditos coloniales. Comentan los Robertson “qué sórdida, limitada y ruin era la educación que prestaban, y qué pernicioso era el control de una gran proporción de los frailes que abundaban en el país”.

A partir de esta aplastante acusación al gobierno colonial, vigente hasta el día de hoy, se preguntan si la independencia no fue prematura. “Es un hecho” aseguran “que después de veinticinco años de revolución ha habido muy poco progreso en la ciencia de gobierno, y que ahora están tan lejos como siempre de la estabilidad política”.

Esta acusación puede parecer poco realista, ya que el pueblo probablemente habría estado esperando hasta el día de hoy que los españoles emprendieran una política educativa superadora, aunque sí tiene valor para ilustrar con cuánta desventaja trabajaron las nuevas autoridades. La ciencia de gobierno se les puede haber pasado por alto a muchos de los gobernantes, pero un país no siempre depende de buenos gobernantes para poder prosperar.

Por cierto el viejo dicho brasileño “el país crece de noche cuando el gobierno duerme” parece ser una verdad indiscutible en casi todo el mundo.

En 1816, luego de una serie de revueltas, golpes y batallas, en las cuales Uruguay, Paraguay, y Bolivia se separaron de las Provincias Unidas, Juan M. de Pueyrredón fue declarado Director Supremo del nuevo estado. Los Robertson lo describen como un militar, pero están “lejos de alabar su función como autoridad” .

Juan Martín de Pueyrredón
A los pocos meses de hacerse cargo en Buenos Aires estableció “una fuerza de policía secreta” y el “control  policial se volvió cada vez más severo”.

El General San Martín, por quien los Robertson sentían gran aprecio, estaba formando un ejército para invadir Chile, pero “recibió muy poco, si es que algún, apoyo de Buenos Aires”. De hecho “su creciente prestigio ocasionó celos y se urdió un plan, que fracasó, para privarlo de la Gobernación de Mendoza”.

Su relato del mandato de Pueyrredón no termina allí, se muestran duros en su crítica de este periodo de la historia. Dicen “el Directorado de Pueyrredón, con la ayuda y la asistencia de la Asamblea Nacional, sin duda establecieron los cimientos de males incalculables para Buenos Aires. Fue despotismo militar sancionado por ley. Fue un gobierno de proscripciones e inmoral venalidad. Se dependía principalmente de los sobornos y de la corrupción para obtener apoyo del ejecutivo, y con su patrocinio existía una red de contrabando organizada en tal escala como para empobrecer y arruinar el tesoro, de donde se llenaban los bolsillos todos los que tenían relación con los impuestos, desde el primer mandatario hasta el último funcionario”.

El régimen colapsa en 1820 cuando los Federales, enfurecidos por las actividades centralizadoras, derrotan al ejército del Gobierno y asumen el poder.

Sin embargo, el poder que ejercían los Federales estuvo mitigado, por suerte, por apremiantes problemas provinciales, y el gobierno quedó mayormente en manos de Rivadavia, uno de los reformistas liberales de los primeros años. Logró encauzar un programa liberal, en lo económico y social, alentando la inmigración europea, autorizando la libertad de cultos, liberalizando la economía, y creando un banco central, una universidad y una biblioteca nacional, para lo cual en muchos casos recibió ayuda considerable de los comerciantes británicos.

Desgraciadamente, el gobierno se extralimitó y propuso una Constitución en 1826 que le otorgaba más poder del que era prudente; por ejemplo, pretendiendo que todos los gobernadores se designaran desde el poder central, lo que ocasionó más disturbios. Pocos estuvieron entonces a salvo de ser asaltados o incluso asesinados en el caso de llegar a mostrar el más leve signo de oposición a Rosas o sus políticas.

Si bien por su ideología e interés personal los Robertson eran “Unitarios”, algunas veces realizan una crítica mordaz de las políticas y la conducta de este partido, por la arrogancia que demostraba hacia sus oponentes provincianos y por la ineptitud de su política impositiva y centralizadora.

A pesar de la anarquía y el caos, el impacto que sufrieron personalmente los comerciantes ingleses fue relativamente poco –aunque por supuesto la situación política caótica con frecuencia obstaculizaba sus actividades comerciales. Describen la relación entre los ingleses y los ciudadanos de este nuevo estado como particularmente buena, a pesar de las diferencias en el idioma, las costumbres y la religión, y remarcan lo bien que fueron tratados y recibidos a pesar de las muchos caprichos de los extranjeros.

Aseguran: “la riqueza de los extranjeros ha tenido algo que ver con que se haya podido establecer esta conexión, pero ellos generalmente se inclinan a ver su origen en la urbanidad y la amabilidad de las personas. Se muestran pacientes ante los errores de los demás y si eres aceptado, su bienvenida es, por lo general, sincera y constante”.

En medio de esta anarquía civil los ingleses emergen bastante ilesos de los saqueos de los salvajes gauchos. El mayor descontento de los que tenían estancias se debía a la pérdida de sus caballos, cosa que les ocurría cada vez que los militares pasaban por la zona. Sin duda el hecho de que se mantuvieran al margen de la actividad política ayudaba a que estuvieran a salvo,  sea cual fuere el régimen vigente.

Los Robertson comentan que “la gran cruz de las repúblicas sudamericanas ha sido la falta de rectitud e integridad moral en muchos de sus líderes”, aseveración que parece tener validez hasta el día de hoy.


VIDA SOCIAL

Si bien la visión de los Robertson acerca de la política de la época está lejos de ser elogiosa, sus observaciones y comentarios sobre la vida social denotan gran optimismo y entusiasmo. Está claro que fueron admitidos en los círculos de las clases más prósperas y educadas y, como las tertulias eran una moda tan extendida, pudieron ser parte de una vida social muy diferente a la que estaban acostumbrados.

John comenzó a formar parte de este ambiente debido a una pelea de dos esclavos negros fuera de la casa de una eminente familia. Gracias a su heroica intervención lo invitaron a entrar, y lo admiró “una sílfide tras otra, que examinaron a la luz de las velas sus ruborizadas facciones y su agitado cuerpo”. Continúa “no tenía entonces ni veinte años, era bastante susceptible; y a medida que los cumplidos que brotaban de los labios de miel de mis admiradoras se derramaban sobre mí, agradeciendo mi filantropía, yo me henchía de vanidad. En media hora nos sentíamos todos muy cómodos, y en media docena de días me convertí en un interno de la casa totalmente domesticado”.

Describe con cierto detalle a los habitantes de esta casona, grupo al que considera uno de los círculos familiares más interesantes y atrayentes que llegó a conocer. Iba a desayunar, a almorzar, a tomar el café, a cenar, a reír, a conversar “porque yo les agradaba y ellos me agradaban”.

Por su intermedio conoce a otra de las “mejores familias”. Y “¿quién podría no caer en el encantamiento de tal círculo? Yo estaba hechizado”.

Su admiración por las mujeres porteñas es abrumadora: “su danza elegante, danza que les permite lucir a la perfección la simetría de sus formas, sus pequeños pies y la bella curva de sus tobillos” es tan sólo lo que dice de sus características físicas, ya que abunda en cumplidos por su vivacidad y cortesía.

Las tertulias, así como la hospitalidad que las caracterizaba, fueron un rasgo importante del periodo post independencia, pero desgraciadamente, a partir de 1828 la vida social de los perseguidos “salvajes unitarios” colapsó. Esto fue consecuencia del tiránico régimen de Rosas, caracterizado por la persecución a las cultas clases liberales, los informantes secretos, y los asesinatos y las torturas de los que podía ser objeto cualquier persona en el caso de que Rosas se enterara de que lo criticaba.

Resulta interesante que John no haya sucumbido a las atracciones de estas deliciosas sirenas lugareñas y que terminara casándose con la hija de uno de los prominentes comerciantes ingleses de la ciudad. Sin duda la religión establecía que no debía convertir su admiración por las bellezas locales en una relación más duradera.

Probablemente uno de sus relatos personales más fascinantes para quienes tienen mayor conocimiento e interés en la historia de Argentina se relaciona con su participación en uno de los encuentros militares más exitosos entre el flamante ejército local y las tropas españolas.

John regresaba a Paraguay llevando en un carro, que parecía una carpa india móvil, un montón de pedidos de sus amigos paraguayos, que incluían sombreros de tres picos, charreteras, galón de oro, una silla de montar inglesa, y una innumerable cantidad de otros productos esenciales. En el quinto día de viaje acampó no lejos de las orillas del Río Paraná. Se creía que había marinos españoles en los alrededores y no era seguro pasar la noche allí, mas la alternativa era trasladarse tierra adentro donde era muy probable que hubiera indios muy poco amistosos. Así que decidió armar su campamento en aquel lugar.

Se despertó muy alarmado en el medio de la noche al escuchar fuertes pisadas de caballos, ruido metálico de sables y a un militar impartiendo órdenes con firmeza. Uno de los hombres se dirige a él por la ventana del carro y dice: “No sean rudos, no es enemigo, es un caballero inglés en viaje a Paraguay”. Petrificado John mira hacia fuera y dice: “Seguramente usted es el Coronel San Martín, y si así es, soy su amigo, el Sr. Robertson”.

Prosigue contando que: “el reconocimiento fue instantáneo, mutuo y cordial, y San Martín rió ruidosamente cuando le describí el susto que me había pegado pensando que sus tropas eran las españolas”.

Con el Coronel San Martín iban ciento cincuenta hombres de la caballería, los “Granaderos a Caballo”, y su objetivo era atacar a las tropas de la Marina Española, que se hallaba en siete buques en el Río Paraná, planeando incursionar al día siguiente en el Convento de San Lorenzo.


Convento de San Lorenzo, Santa Fé - Foto Pablo D Flores
 El encuentro fue celebrado con vino para todos, y John no tuvo problemas en convencer a San Martín de que le permitiera acompañarlos en el ataque sorpresa a los españoles. San Martín le dice: “Recuerda que no es tu deber combatir; te daré un buen caballo y si las cosas se ponen mal para nosotros, huye a toda velocidad”.

Los granaderos se escondieron al amparo del convento, y John y San Martín subieron a una torrecilla y vieron desembarcar alrededor de trescientos veinte soldados españoles, que marcharon directamente hacia ellos, sin sospechar la emboscada. Cuando el enemigo estuvo a apenas unos cien metros San Martín dio la orden de atacar. La suerte de la batalla, a los ojos de nuestro inexperto testigo, se resolvió en menos de tres minutos: el enemigo huyó aterrorizado y confundido, mientras las tropas argentinas causaban estragos en sus fuerzas. Sólo cincuenta hombres lograron regresar a los barcos, mientras San Martín perdió sólo ocho hombres en el combate (3 de febrero de 1813).

John ofrece una detallada descripción épica de este suceso, que con el nombre de “Batalla de San Lorenzo” forma parte de la historia argentina, cargada, quizás, de un entusiasmo un poco excesivo. Se compuso una hermosa canción para celebrar esta primera y memorable derrota de las tropas españolas. Dice John: “Esta batalla (si es que puede llamarse batalla) tuvo consecuencias enormemente favorables para todos los que tenían relación con Paraguay, ya que los marinos españoles emprendieron su partida por el  río y nunca más pudieron volver a transitarlo para entrar”.

Lamentablemente, las memorias de los Robertson terminan en 1820, no sabemos por qué, ya que continuaron viviendo y dedicándose al comercio en Sudamérica durante muchos años. Sabemos que seguían en actividad en la zona del Río de la Plata en la década de 1820, debido a su proyecto de un asentamiento para inmigrantes escoceses y a que prestaron ayuda al gobierno de diversas maneras. Parece probable que se hubieran extralimitado años más tarde, ya que presentaron quiebra. No obstante, abrieron para nosotros una encantadora ventana a las vidas de muchas personas que nos dejaron hace ya mucho tiempo.


REFERENCIAS

“Letters on Paraguay France’s Reign of Terror, J.P. Robertson and W.P. Robertson, London 1839.
“Letters on South America”, J.P. Robertson and W.P. Robertson, London 1843.
“Secret Expedition to the River Plate”, George Monkland, 1806, private account.
“Gesta Británica”, Emilio Fernández Gómez, L.O.L.A., Buenos Aires, 1998
“Trial of Lieutenant General Whitelocke”, London, 1808

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(1)  N. del T. En castellano en el original

Capítulo V = Haga click AQUI

2 comentarios:

alberto dijo...

Estimados

Soy aficionado a la historia y a ese fin escribo en algunos medios (diarios) Me encanto su blog, el que todavía lo “estoy digiriendo” En un momento del relato de los Robertson, me pareció que se referían a un vapor a paletas, entiendo que debe de ser el Druid. Como escribí un articulo referente a el, se los envío, tal vez les sirva para incorporarlo

http://viajes.elpais.com.uy/?p=664

También he escrito sobre el HMS Beagle y la bandera uruguaya,. sobre las islas Pepys, sobre el abuelo de Lord Byron en Chile, Mar del Plata y Montevideo, sobre el barco de Nelson en la bahia de Maldonado y demas. Entiendo tambien que a su historia sobre los colonos en la zona de Monte Grande, ( Buenos Aires) le falta el desprendimiento que tuvo hacia Uruguay, mas precisamente a San Jorge (departamento de durazno (Durazno) o tal ves este mas adelante y todavía no llegue
Para no abrumarlos, les envío el lik sobre el vapor “Druid de Londres” y si les sirve les enviare los otros
Si más les saluda atentamente
Alberto Moroy

Lonicera dijo...

Agradezco mucho sus comentarios sobre mis esfuerzos históricos.

He leído con sumo interés su historia del Druid y sobre las aventuras de Pío White. Me interesó mucho enterarme sobre la participación financiera de Pío White en la Armada Argentina. E. Fernández Gómez en “Gesta Británica” menciona que casi todos los oficiales de la Armada fueron de origen británico - aparte de Seaver. No sé de dónde obtuvo esta información, pero me interesaría saber su Ud tiene acceso a datos sobre la tripulación de la armada argentina? La victoria de Montevideo contra las fuerzas superiores Españolas me imagino se debió a la mejor preparación de los tripulantes de la Armada Argentina – quizás porque muchos de ellos hicieron su capacitación con la marina Británica. Me interesaría saber su opinión?

Otro tema sobre el cual me gustaría saber es cómo el Gobierno financió la compra de armamentos - me imagino que los EEUU o Gran Bretaña fueron las fuentes principales? Fernández Gómez sugiere (sin pruebas) que el gobierno británico puede haber subvencionado armamentos a los patriotas. Personalmente lo dudo - pero es posible - ya que la situación comercial en Inglaterra era bastante precaria a raíz del bloqueo napoleónico, por lo tanto es posible que el Gobierno pudo haber facilitado los fondos.

Saludos

Gordon Bridger
gordon.bridger@ntlworld.com