10.2.11

CAPÍTULO V - Un emprendimiento destinado al fracaso

El poblamiento de Monte Grande


La lucha por el poder que surgió del colapso del Virreinato del Río de la Plata en 1810 frustró las esperanzas de muchos de los idealistas principalmente urbanos que habían esperado que se creara una sociedad liberal moderna.

Sin embargo los liberales tuvieron su oportunidad desde 1820 hasta 1828, cuando los caudillos rurales, que habían derrocado al nada popular gobierno del Directorio, comenzaron a pelear entre ellos y permitieron que uno de los grandes liberales, Bernardino Rivadavia, fuese quien realmente detentaba el poder en este combativo estado emergente.

Durante su mandato se crearon escuelas públicas, un banco (en realidad establecido por comerciantes británicos), y una biblioteca pública (para la cual mayormente aportaron fondos los comerciantes británicos), y se alentó la inmigración.

Rivadavia y muchos de sus colegas se daban cuenta de que si se quería explotar el enorme potencial económico del país se necesitaban muchos más inmigrantes, pero que tuvieran experiencia en agricultura e interés en cultivar las pampas increíblemente fértiles.

Bernardino Rivadavia
El país ocupaba en ese entonces una fracción de su tamaño actual, ya que los indios controlaban las vastas extensiones de terreno al sur de Buenos Aires. Apenas 100 km. hacia el sur todavía era territorio indio, y si bien ya existía la ruta occidental a Mendoza y Córdoba, ésta con frecuencia era blanco de ataques de los indios. Además, aunque había poblaciones de pioneros en las tierras mesopotámicas, entre los ríos Paraná y Paraguay, separaba estas tierras desde Córdoba hasta bien al oeste una inmensa extensión de terreno con forma de cuña que aún estaba bajo el dominio de los indios del Chaco.

La actividad agropecuaria se basaba en las formas más primitivas de cría de ganado; sólo los cueros (de vacunos y de caballo) tenían algún valor, aunque las mulas se habían vuelto un producto valioso, ya que se exportaban a las minas del norte. En las zonas del norte y el oeste más cercanas a Buenos Aires empezaban a aparecer modestos cultivos de cereales (trigo y maíz), gracias a la increíble fertilidad de los suelos pampeanos.

Los indios nómades de las pampas eran una amenaza constante para cualquier intento de expansión hacia el sur y, si bien se los podía sobornar (y se lo hacía) con ganado, caballos y mercancías, la tentación, o la omisión del gobierno en mantener este tributo, hacía que los pioneros que vivían en los márgenes se encontraran siempre en riesgo de ser saqueados. Los indios tenían la feroz costumbre de asesinar a los hombres y luego secuestrar a las mujeres y los niños, a quienes llevaban a sus campamentos. Se cuenta que en 1835 se hallaron alrededor de mil quinientos cautivos, pero no pudieron ser rescatados porque los negociadores no contaban ni con fuerza militar para recuperarlos ni con fondos suficientes para comprarlos. Existen historias desgarradoras acerca de hombres que encontraron a sus esposas e hijos pero que no tuvieron la posibilidad de reunirse con ellos debido a las razones ya mencionadas.

Fue en este marco que los líderes con mayor visión buscaron alentar tanta inmigración como fuera posible. Tenían particular interés en que se asentaran en la zona los afables trabajadores rurales del norte y del oeste de Europa, ya que contaban con  conocimiento y experiencia como agricultores y tenían esas cualidades del campesino de las que los gauchos carecían: eran laboriosos y perseverantes. Domingo Faustino Sarmiento, en su clásico “Civilización y Barbarie” se deshace en elogios sobre las cualidades de estos inmigrantes del norte de Europa:

Domingo Faustino Sarmiento
“Pero no se ha mostrado mejor dotada de acción la raza española cuando se ha visto en los desiertos americanos abandonada a sus propios instintos.

Da compasión y vergüenza en la República Argentina comparar la colonia alemana o escocesa del Sud de Buenos Aires, y la villa que se forma en el interior: en la primera las casitas son pintadas; el frente de la casa, siempre aseado, adornado de flores y arbustillos graciosos; el amueblado, sencillo, pero completo; la vajilla, de cobre o estaño, reluciente siempre; la cama con cortinillas graciosas, y los habitantes en un movimiento y acción continuos. Ordeñando vacas, fabricando mantequilla y quesos, han logrado algunas familias hacer fortunas colosales y retirarse a la ciudad, a gozar de las comodidades.

 La villa nacional es el reverso indigno de esta medalla: niños sucios y cubiertos de harapos viven en una jauría de perros; hombres tendidos por el suelo, en la más completa inacción; el desaseo y la pobreza por todas partes; una mesita y petacas por todo amueblado; ranchos miserables por habitación, y un aspecto general de barbarie y de incuria los hacen notables.”

Es importante tener en cuenta que el autor del párrafo citado llegó a ser Presidente de la República, por cierto uno de sus grandes presidentes. Sin duda pocos de los votantes habían leído su clásico tratado de política. Tanto Sarmiento como otros pensadores de la política creían que estos campesinos agricultores serían ciudadanos más “civilizados” que los “bárbaros” gauchos.


NUEBOS POBLADORES

El primer intento del Gobierno para atraer inmigrantes de Gran Bretaña se realizó por medio de la Asociación Beaumont (Beaumont Association), una organización abocada a ayudar a los inmigrantes de Gran Bretaña a establecerse en el extranjero. Si bien grandes cantidades de inmigrantes efectivamente ingresaron al país, fueron enviados a las tierras del oeste, donde se hizo caso omiso de las disposiciones del Gobierno y  los burócratas locales no cumplieron con la cesión de las tierras prometidas. Por esto los inmigrantes se dispersaron y se asentaron en otros lugares.

El planeamiento y la implementación de proyectos de asentamiento agrícola cuentan con una larga historia de fracasos. Las mayores causas para estos fracasos han sido los recursos naturales inadecuados y el clima hostil, la falta de mercados, la financiación insuficiente, los conflictos sociales locales, la inseguridad política externa, la carencia de capacitación técnica, las esperanzas poco realistas y la existencia de oportunidades alternativas.

Con una lista de limitaciones tan formidable no es difícil darse cuenta por qué tantos proyectos soñados y planeados con las mejores intenciones terminaron en el desencanto.

Cabe mencionar aquí que muchos estudios que se han realizado demuestran que la falta de “alternativas” es una de las claves más importantes para el éxito: cuanto mayor es la distancia que tiene que cubrir un inmigrante para establecerse, mayor será su determinación a triunfar, así como también será mayor el costo si llegara a fracasar. Por esto es que los inmigrantes hacen una contribución tan grande a las sociedades locales.

Sin embargo este último factor casi no se puede aplicar al caso de los colonos europeos del siglo XIX: era el suyo un viaje de ida, y la opción de fracasar no podía contemplarse. A pesar de esto, los quinientos inmigrantes que fueron enviados a colonizar el Estrecho de Magallanes en 1584 en verdad perecieron debido a que el Almirante Córdoba encontró, desgraciadamente, un clima excelente cuando, en verano, navegó por el estrecho. Esto lo llevó a la desastrosa conclusión de que el clima era “tan bueno como el del sur de España”, y provocó que los organizadores creyeran que ése era el clima típico de la zona.

No obstante, en 1824, los hermanos Robertson presentaron la propuesta de organizar un nuevo asentamiento de escoceses. Como llevaban ya quince años viviendo en el país, era admisible que aseguraran que un proyecto de asentamiento resultaría práctico y tendría grandes posibilidades de triunfar.
John Robertson
Su reputación ante el gobierno inmediatamente les aseguró el apoyo necesario para llevar adelante su proyecto. Rivadavia firmó con ellos un acuerdo en el cual los hermanos se comprometían a reclutar “no menos de de doscientas familias, que sumaran seiscientas almas”. El Gobierno, por su parte se comprometía a “ceder tierras a perpetuidad” y a entregarles “una suma de dinero, así como implementos y accesorios sobre los que se acordará posteriormente”.

La falta de claridad en el contrato respecto a la suma exacta que les entregaría el Gobierno terminó siendo algo de lo cual los Robertson se arrepentirían toda la vida.

Sin embargo, la mayor concesión hecha por el Gobierno, y la única con relevancia duradera, fue acordar el “libre ejercicio del culto Protestante”, una concesión por la cual la derecha religiosa nunca perdonó a Rivadavia, pero cuyo efecto perduró, y que resultó altamente favorable para el desarrollo económico y social del país.

El Gobierno mantuvo su oferta de cesión de tierras, pero éstas se encontraban lejos de Buenos Aires, en una zona muy vulnerable a las incursiones de los indios. Es por esto que la oferta se volvió insegura y poco realista desde el punto de vista económico, y por eso los Robertson, sensatamente, la rechazaron. La tierra tenía que estar a una distancia razonable de la Capital, y tenía que contar con suelo fértil. Estaba claro que el gobierno no iba a disponer de sus escasos fondos para hacerse de tal propiedad, dado que había millones de acres en las fronteras esperando inmigrantes más intrépidos o desesperados. Exasperados, los Robertson tomaron entonces una decisión valiente pero precipitada: compraron 6.500 hectáreas de tierras fértiles en Monte Grande, a unos 20 km. de la Capital, al sur de Lomas de Zamora, donde hoy se encuentra el Cementerio Protestante.

Este acto de generosidad tuvo ventajas a corto plazo, ya que el proyecto de asentamiento pudo iniciarse de inmediato, pero también significó que los inmigrantes ya no tenían el incentivo de poder adquirir la propiedad de las tierras, lo cual generalmente es crucial para fomentar la industria y la iniciativa en el desarrollo rural.

Los Robertson siguieron adelante y comenzaron a reunir interesados en Escocia. No he tenido la posibilidad de obtener información detallada sobre los términos de su proyecto, pero según el diario de uno de los inmigrantes se entiende que los Robertson eran sus “empleadores” y que el modelo de explotación que imaginaban era uno similar al británico, que se basaba en ocho granjas con gran cantidad de trabajadores (mano de obra escocesa).

La decisión de los Robertson de seguir adelante con un proyecto de asentamiento del cual ellos serían los dueños, y por el cual serían principalmente -o, como se dieron las cosas, enteramente- responsables, fue o precipitada o noble. Para complicar más la situación estaban implementando un modelo británico, que implicaba fuerza de trabajo y personal capacitado, sin mencionar a los sirvientes. Este modelo sería costoso de mantener, y tendría que competir con trabajo local mucho más barato (si bien menos capacitado) Y, ¿cómo se iba a  financiar este emprendimiento en los infructíferos años de los inicios?

El único factor importante a favor del proyecto era su cercanía a un gran mercado urbano, por lo que las granjas podrían vender productos obtenidos de manera intensiva como leche, manteca, frutas, vegetales, cerdos y aves de corral.


EL SS SYMMETRY
(Véase la Lista de Pasajeros anexada a este capítulo)

La propuesta debe de haber sido muy atractiva para los inmigrantes, porque doscientos once pasajeros se encontraron pronto ocupando los camarotes de la goleta contratada especialmente para la ocasión.

La lista de pasajeros, que se recopiló laboriosamente en años posteriores pero que no llega  a cubrir a todos los que más tarde se cuentan en el proyecto, estaba compuesta de ocho granjeros, todos casados, cinco de los cuales eran menores de treinta años, con quienes venían sus hijos que, sumados, eran diez. El más viejo de estos granjeros era John Anderson, un hombre de cincuenta años que tenía dos hijos. Uno no puede evitar preguntarse por qué  un hombre de familia de su edad se sintió atraído a participar en una aventura tan arriesgada.

Jane Robson

Con ellos venían otros trabajadores, de los cuales cincuenta eran “sirvientes”. Sólo la mitad de ellos, veintiséis en realidad, estaban casados, pero deben de haber sido todos muy jóvenes porque en total sus hijos sólo suman veintinueve (aunque Hugh y Jane Robson se embarcaron en esta quimérica empresa con sus seis niños). En total eran setenta y ocho los niños que viajaban en el barco, así que podemos suponer que no se aburrieron mucho en ese espacio tan limitado.

Seguramente no iban a faltar profesionales en el asentamiento, ya que contaba con un doctor, un alguacil, un agrimensor, un arquitecto y una institutriz. También había trabajadores especializados: un carnicero, nueve carpinteros, un pintor, un barrilero, un cestero, nueve albañiles, tres dependientes de comercio, un zapatero y tres madereros. La colonia estaba planeada con sumo cuidado para que los colonos contaran con todos los servicios que requiere un asentamiento exitoso, pero ¿quién iba a pagarles hasta el momento en que los granjeros lograran producir lo suficiente como para autofinanciarse con las ventas de sus productos?

Cabe preguntarse cómo esperaban los hermanos Robertson que tal cantidad de pobladores subsistiera hasta que la producción agropecuaria produjera excedentes.

¿Confiaban en que gobierno colaboraría? Casi con seguridad, pero siendo su vaga garantía legal una suma “sobre la que se acordará posteriormente” se estaban mostrando sorprendentemente ingenuos.

Así que era una “familia” escocesa grande y mezclada la que se había reunido para embarcarse en esta nueva gran aventura y emprender viaje hacia Buenos Aires. Es difícil para nosotros, que hemos crecido en la era del transporte aéreo, comprender realmente el coraje, la temeridad, o quizá la desesperación, de quienes viajaban hacia tierras tan distantes sin poder siquiera soñar con regresar. Iban a pasar setenta y ocho días en el mar.

Somos particularmente afortunados de tener un diario sobre cada uno de los setenta y ocho días de viaje. Fue escrito por William Grierson, un granjero emparentado con aristócratas escoceses que viajaba acompañado por su esposa, tres niños y dos primas (de los cuales ninguno aparece en la lista de pasajeros).

Fueron a despedirlos “los ancianos padres del empleador”, quienes por lo visto estaban un poco bebidos y la Sra. de Robertson “se sentía tan cómoda que declaró que estaba decidida a hacer todo el viaje hasta Buenos Aires”. No cumplieron su deseo y la “ayudaron” a bajar.

Podemos suponer que los Grierson tenían uno de los mejores camarotes. Grierson lo describe como “tolerable”, constaba de tres camas, en las que debían acomodarse el Sr. Grierson, su mujer, sus tres niños y sus dos primas. Es prácticamente inconcebible pensar que esto era “tolerable” e imaginar qué les habrán parecido los de tercera clase a él y al Capitán mientras paseaban por la cubierta. Grierson escribió entonces “la tercera clase está tan colmada y hay tanta miseria”. No era un comienzo auspicioso para un viaje por el Atlántico.

No obstante, tienen la suerte de tener un Capitán amistoso pero firme y competente, que repudiaba el vocabulario soez y que “pronto terminó con las peleas entre los albañiles londinenses y los muchachos escoceses”.

Por lo general el viaje transcurrió sin mayores inconvenientes, excepto por dos enormes tormentas que pusieron a todos a rezar por su supervivencia y que dejaron  a los pasajeros mareados y descompuestos.

Se realizaban ceremonias religiosas con regularidad, había juegos y bailes escoceses, y hubo también sucesos importantes como, por ejemplo, nacimientos. Dos niños nacieron durante el viaje -todo salió bien en los partos- pero cuesta creer que alguien se hubiera embarcado en tal odisea a sabiendas de que iba a dar a luz a bordo.

Otro suceso feliz fue que una cerda dio a luz a doce lechones. La pesca de tiburones los ayudó a matar el tiempo mientras surcaban las aguas tropicales, y cuando cruzaron la línea celebraron con una fiesta en la que “muchos marineros se emborracharon”. También se organizaban partidas de backgammon, damas y de un juego de naipes similar al julepe llamado whist.

La comida, que es de gran importancia en viajes como ese, parece haber sido más que satisfactoria, ya que nuestro cronista reporta: “Nunca he comido tan bien en toda mi vida”. Ojalá que haya sido igual para los pasajeros de tercera.

Finalmente llegaron al Río de la Plata, y justo cuando estaban haciendo arreglos para contratar un práctico hubo un “golpe sordo” y el barco quedó encallado. “Todos los pasajeros corrieron a la cubierta, las damas chillaban por todos lados y se aterraron casi hasta perder la cordura, esto fue lo peor que tuvimos que pasar”.

Qué suerte terrible habrían corrido si el barco se hubiese hundido, como les sucedió a otros, justo cuando estaban alcanzando su destino. Por suerte, pasadas unas pocas horas, lograron que se moviera y finalmente, luego de unos días de aburrida espera cerca de la costa, desembarcaron. Para ello fue necesaria la ayuda de unos gigantescos carros arrastrados por bueyes, que debieron recogerlos a varios kilómetros del puerto debido al escaso calado de ese inmenso río.

Cabe terminar este fascinante relato de un viaje olvidado hace tanto tiempo con las textuales palabras del diarista: “Nuestra travesía fue lo que puede llamarse “bastante buena”, teníamos una embarcación excelente, estaba bien tripulada, y he dado en otras ocasiones mi opinión acerca de nuestro íntegro Capitán. Y hemos andado el mar con tranquilidad; excepto cuando apareció una tormenta en nuestro camino, hubo menos confusión e indisposiciones que las que esperaba. Lo único que nos sucedió que puedo considerar infeliz fue cuando golpeamos el banco de arena; aunque no nos hizo daño tuvo un efecto tremendo, y sólo quienes han pasado por una situación similar, pueden figurarse la situación”, desconcertantes palabras de despedida que sólo pueden provenir de un escocés. Prosigue: “he observado que el campo parece inhóspito, la ciudad  sombría y el aspecto de los habitantes es más bien hostil –por cierto que hemos visto todo como desventaja, y hemos traído con nosotros prejuicios que debemos superar, antes de que podamos formarnos ideas adecuadas y razonables”.


LA COLONIA DE MONTE GRANDE

A mediados de agosto, después de pasar unos días recuperándose de su fatigosa y a veces atemorizante travesía, los colonos se dispusieron a descubrir su Arcadia propia y especial. No tenemos registro de sus reacciones, pero podemos estar seguros de que, como escoceses laboriosos que eran, se deben de haber puesto manos a la obra tan pronto como les fue posible. James Dodds, en su influyente obra “Scottish Settlers in the River Plate” (Colonos escoceses en el Río de la Plata), escrito en 1897, brinda gran parte de la información existente acerca de cómo era la vida en la colonia, pero se muestra muy sorprendido de no haber podido encontrar datos sobre el contrato de los colonos con los Robertson.

James Dodds
Gracias a una buena suerte excepcional pude hacerme con un ejemplar del “Air Advertiser” escocés del 24 de agosto de 1826 en el cual hay una carta de un caballero “de este vecindario” que recién regresaba de Buenos Aires. Logra arrojar un poco de luz sobre el asunto, ya que afirma: el propietario les adelanta a un 5% el dinero que se requiere para comprar animales, construir viviendas y realizar todas las mejoras relacionadas con la actividad agrícola. Los adelantos, de hasta 19.000 dólares o casi 4.000 libras esterlinas, se dan cada arrendatario conforme a estos términos. Después de pagar el interés del dinero adelantado, los gastos de administración, como por ejemplo el salario de los sirvientes y el mantenimiento de los implementos, el propietario recibe dos tercios del producto como renta y el productor el tercio restante como recompensa por su destreza y desempeño”.

El porcentaje de mediería destinado a las partes involucradas en el contrato se da a la inversa que en la mayoría de los contratos similares que se realizan para incentivar a los arrendatarios, pero refleja sin lugar a dudas la gran inversión que efectuaban los Robertson.

Este corresponsal anónimo advierte al vuelo las debilidades financieras del emprendimiento, ya que, mordaz, continúa “está bien diseñado, claro está, pero me temo que la erraron mucho de entrada al llevar una gran cantidad de maquinaria muy costosa y un séquito de supervisores y administrativos que prácticamente alcanzarían para fiscalizar todo el continente sudamericano.” Sin embargo, dice que ahora se  produce leche, que se elaboran diversos productos lácteos y que “los granjeros han domado más de cincuenta vacas lecheras”.

Ahora bien: llevar a más de siete albañiles, un alguacil y un doctor, sin mencionar a los sirvientes y a los muchos y habilidosos artesanos, implicaba un gran desembolso para una inversión que no iba a generar ganancias como para devolver un crédito por al menos tres años, posiblemente por cinco -si es que llegaba a poder cubrirlo alguna vez.

Por ejemplo, si bien eran preferibles las casas de ladrillo su costo debe de haber sido enorme en comparación con las de adobe, que eran simples y también las más comunes en la zona, y que cuando están bien construidas resultan excelentes viviendas.

Sin embargo, el corresponsal afirma que los patrocinadores son ricos, ya que poseen minas de oro y plata, una empresa constructora y muchas otras cosas, “esta es una pequeña gota en el mar de sus emprendimientos”. Qué equivocado estaba.

Pero no todo era pesimismo y tristeza  porque los enérgicos inmigrantes pusieron manos a la obra y se establecieron a toda velocidad, construyeron sus casas, plantaron sus jardines, chacras y árboles, compraron ganado, especialmente vacas, y pronto estuvieron vendiendo los primeros productos lácteos propiamente dichos, manteca y queso, en Buenos Aires.

Para un observador externo, como Sarmiento, estos industriosos inmigrantes escoceses, con sus prolijas casitas y sus jardines floridos, eran de gran valor para el nuevo país.

El laborioso Emilio Fernández Gómez relata en su trabajo monumental que “En tan sólo tres años a los gringos se les habían sumado otros del malogrado proyecto Beaumont y varios gauchos que habían hallado allí una entrada económica segura. Habían producido 1.000 toneladas de maíz, criado 2.800 novillos y 1.000 ovejas, tenían 500 hectáreas de producción hortícola y habían implantado una chacra de 400 hectáreas”.

Un corresponsal local del diario inglés “British Packet” del 23 de agosto de 1828 muestra también gran entusiasmo por la colonia y, en un relato que escribe cuando habían transcurrido justo tres años desde el desembarco de los exhaustos pero sin duda motivados pasajeros del Symmetry, afirma

“En nuestro número anterior ofrecimos un esbozo de los comienzos y el progreso de la colonia de Monte Grande, mostrando en general el veloz desarrollo y la prosperidad que esta joven e interesante sociedad ha mostrado en sus primeros tres años. En verdad, solamente quienes viven en Sudamérica y han enfrentado todos los pequeños obstáculos que uno encuentra apreciarán el gran avance que ha experimentado la colonia. Extraemos los siguientes ítems de un registro estadístico que se llevó a cabo hace tres meses y se presentó al gobierno:

Habitantes escoceses adultos* ............................241
Niños escoceses.....................................................85
Adultos oriundos.................................................158
Niños.....................................................................30
TOTAL................................................................514

Construcciones de ladrillo.....................31 - contienen 145 departamentos.
Ranchos................................................47 - contienen...70 departamentos.

Tierras cultivadas / durazno y otros.........................................1.010 acres
Cultivada y cercada...................................................................2.148 acres
TOTAL.....................................................................................16.000 acres

Ganado - principalmente vacas y bueyes................................2.757
Ovejas - pampas e inglesas.........................................................990


*Esto excede en 113 el número de colonos que llegaron en el Symmetry (213) – los otros pueden haber llegado en un barco posterior o haber pertenecido anteriormente al fracasado proyecto Beaumont.”

El artículo continúa diciendo que “…todos los ladrillos se han fabricado dentro de la colonia, que el molino de maíz produce harina de maíz que no podría distinguirse de la de trigo”, y que “…prácticamente tienen exclusividad como proveedores en el mercado de manteca y queso”.

Afirma que la mejora más significativa que ha surgido de la colonia es el cerco natural de tala, una forma barata y efectiva de contener ganado. También informa que han “inventado una máquina ingeniosa para quitar de las tierras potencialmente fértiles los cardos, que eran un importante obstáculo para el cultivo”.

El corresponsal no se muestra mezquino en cuanto a sus elogios a la comunidad “por preservar en sus hábitos la sobriedad y la moralidad que adquirieron en su tierra natal” y desea que su ejemplo “tenga un efecto favorable en las clases campesinas de este país”. En su entusiasmo por la colonia el corresponsal se deja llevar un poco y agrega: “han vivido en una armonía ininterrumpida entre ellos, y en general tienen una excelente relación con sus vecinos, los oriundos del país, mientras que los propietarios [los Robertson] han encontrado que todos los miembros de la colonia son razonables, optimistas y están complacidos, y los líderes del asentamiento, los granjeros, expresan una confianza creciente en el completo éxito final de la empresa”.

La exuberancia del reportero parece no tener límites, ya que continúa expresando “la mayor satisfacción con el intento de colonizar aquí de los Sres. Robertson” y “creemos que esto demuestra más allá de las contradicciones que con buena administración y el apoyo del Gobierno la emigración desde nuestro país hacia este puede realizarse con muchas ventajas para ambos.”

No obstante, el periodismo de investigación no era el fuerte de este corresponsal y, si hubiera tenido acceso a los balances o a la cuentas de explotación, su aprobación habría sido menos entusiasta.

Nosotros sí contamos con las cuentas detalladas de la explotación de uno de los granjeros centrales, W. Grierson -aquel que llevaba un diario de viaje- que muestra un modesto excedente de $158 en 1828. Sin embargo, esto no permitía cancelar ningún crédito, y claro está que era una suma insuficiente para saldar las enormes deudas que se le debían de haber ido acumulando en esos primeros años.

Podríamos permitirnos cuestionar el idílico cuadro de armonía que el periodista describe con tanto entusiasmo. Por cierto, Cecilia Grierson, nieta de William, en el relato que escribe en 1925 sobre la vida en el asentamiento, hace mención a conflictos entre las clases sociales en la colonia, que eran consecuencia de  las relaciones feudales que no podían sostenerse en una sociedad abierta y en una economía en la que escaseaba la mano de obra.

Cecilia Grierson
James Dodds es más directo y se refiere al “ruin espíritu del descontento que se había infiltrado en la colonia en sus comienzos y las semillas de disolución que sigilosamente habían estado germinando, imperceptibles desde la superficie, hasta que los aradores y otros dependientes denunciaron a los granjeros por incumplimiento de contrato, por cuanto no habían sido abastecidos con papas, conforme se había pautado”. Los granjeros señalaron, no sin razón, que éste no es un cultivo local, pero cabría preguntarse cómo se llegó a admitir que dicha concesión formara parte del contrato. Esto nos permite corroborar la crítica del corresponsal anónimo en cuanto a que la colonia no estaba muy bien planeada. Al menos es un alivio descubrir que estos valientes pioneros eran, después de todo, humanos.

Y respecto a la ayuda financiera del gobierno… simplemente no estaba en el horizonte. Rivadavia, fervoroso partidario del proyecto y de la inmigración en general, fue destituido de su cargo en 1827, y entre los locales eran pocos los que apoyaban su política de libertad religiosa. Y siendo el acuerdo tan vago y verboso, no fue difícil para un gobierno menos interesado en el tema, y sin duda, muy complicado en cuestiones de liquidez, ignorar todas sus garantías financieras.

James Dodds, un gran admirador de sus predecesores, admite en “Scottish Settlers in the River Plate” (“Colonos escoceses en el Río de la Plata”) que los Robertson actuaron “con torpeza cuando compraron las tierras, ya que esto dificultó sobremanera cualquier reclamo de fondos estatales”.


FRACASO

Con la renuncia de Rivadavia, a quien el perspicaz colaborador del “Air Advertiser” describe como “un hombre de gran talento y de una reputación intachable”, el país comenzó a hundirse nuevamente en la anarquía.

La gota que rebalsó el vaso del noble experimento en Monte Grande fue una revolución contra el Gobierno, y una batalla, en abril de 1829, en las cercanías de la colonia, que hizo trizas el poder de los Unitarios por muchas décadas. Esta batalla provocó caos, confusión y, por cierto, también terror entre los colonos, que sufrieron saqueos en los que los indómitos gauchos del interior los despojaron de todo lo que pudieron y amenazaron sus vidas. La mayoría de ellos se refugió en Buenos Aires, y esto puso realmente fin al poblamiento organizado en Monte Grande.

James Dodds, elocuente, escribe: “Había llegado el momento en que los pobladores no podían seguir viviendo como una comunidad sino que debían dispersarse y abrirse camino en la vida cada uno por su lado. Desalentados, mas no acobardados, se alejaron de sus verdes campos y alegres granjas, el santuario de dicha, paz y abundancia que habían construido con tantísima dedicación y con el honesto sudor de su frente, ahora profanado y desolado por la impiadosa mano de la guerra. Contemplaron sus cultivos aún sin cosechar y pisoteados, los cercos sin podar, muertos y destrozados, las tierras sin arar, la pujante cicuta arraigada en los fecundos campos, pero siguieron adelante con fe viva en la mano de la Divina Providencia que los guiaba y, no en vano, confiaron”.


EL LEGADO

Para los desafortunados Robertson la iniciativa terminó en bancarrota –según William Dodds, era la tercera vez que perdían una fortuna- y regresaron a Inglaterra sin un penique. Sin embargo no se registran los reproches que uno podría esperar después de tal desastre, y sólo podemos suponer que, durante todo el tiempo, actuaron con gran integridad, respaldando un proyecto por el cual han de haber aceptado la responsabilidad del planeamiento y la financiación. Su legado fue honorable.

Sus errores fueron básicamente tres: haber comprado la tierra, ya que de esta forma destruyeron el principal incentivo para los pobladores -trabajar un tierra que confían será su propiedad-, no haber logrado comprometer legalmente al Gobierno en la cuestión de la financiación, y haber intentado transferir un sistema escocés de explotación agropecuaria a un entorno totalmente diferente.

Cuando las luchas finalizaron sólo cuatro de los granjeros seguían en la colonia, de los cuales Grierson era el más prominente. Los demás granjeros y trabajadores se habían dispersado.

Hoy quedan algunos restos de este bravo experimento: un edificio, parte de una nueva universidad, muchos árboles, y un cementerio.

Y, si bien el proyecto fracasó, dejó grandes beneficios en el joven país. Los escoceses trajeron con ellos nuevas tecnologías que cambiaron de modo duradero el transporte y su impacto en la economía: el carro liviano tirado por caballos remplazó al lento e incómodo carro de bueyes. Fundaron una industria láctea moderna, que con el tiempo se volvió el mayor establecimiento lácteo del país (La Martona) y sobrevivió por bastante más que un siglo.

Pero el legado más importante fueron los colonos mismos. Decididos, trabajadores, íntegros y con un gran sentido de pertenencia a la comunidad, sus esfuerzos ayudaron a transformar la economía y la sociedad durante las décadas que siguieron. Debido a su destreza, los peones fueron absorbidos rápidamente por la economía y los granjeros establecieron con éxito muchas granjas nuevas en todo el país. Fueron pioneros en el establecimiento de instituciones, financieras y relacionadas con el agro, y la hija de los Grierson llegó a ser la primera mujer en recibirse de médica en Argentina.

Sin embargo, debido a que la situación política y social hizo que la actividad agropecuaria se volviera inestable y peligrosa, muchos de ellos -si no la gran mayoría- tuvieron que soportar varias décadas de privaciones antes de que lograran, en la segunda mitad del siglo, emerger como granjeros, comerciantes y artesanos exitosos.

 No se hallará relato más elocuente de esta historia que una de las pocas memorias -quizás la única- de esos días penosos y turbulentos, que fue escrita por Jane Robson, la pequeña hija de uno de los peones que vino en el Symmetry. Su historia, “Faith Hard Tried” (Fe probada a fuego) ha sido publicada como libro recién cien años después (fue impreso por el Buenos Aires Herald en 1996) y es un relato excepcional de la vida de una niña criada en las pampas, que arreaba hacienda a los cinco años, fue analfabeta hasta los doce, tuvo que afrontar el robo de su ganado y la pérdida de su hogar -que fue devorado por las llamas-, y sufrió la muerte de su hijo debido a un accidente de cacería. Pero al fin los Robson, con muchos otros escoceses, se establecieron en el encantador pueblo de Chascomús.


Hugh Robson, suegro de Jane Robson
Allí ayudaron a levantar una adorable capilla escocesa entre árboles sombríos, cuyos bancos originales fueron construidos por los pioneros, y que cuenta con una espléndida biblioteca, aunque un poco abandonada, llena de prácticos libros de “Hágalo Usted Mismo”. En el pueblo uno puede encontrar un Salón Robson, y próximo a la iglesia se halla un cementerio en el cual yace Jane Robson en una majestuosa tumba,  rodeada de muchos de sus compatriotas pioneros.



Afortunadamente tenemos una fotografía de esta resistente anciana y de dos de sus hermanas. Todas vivieron hasta los noventa años. ¡Qué vida la suya!

REFERENCIAS

La Colonia de Monte Grande”, Dra. Cecilia Grierson, 1925
“Records of the Scottish Settlers in the River Plate”, James Dodds, 1897
“Gesta Británica”, Emilio Manuel Fernández Gómez, 1998
“From Caledonia to the Pampas”, ed. A. D Stewart (diario del Symmetry y relato de Jane Robson), 2000
“Life in the Argentine Republic in the Days of the Tyrants or Civilisation and Barbarism”, Domingo F. Sarmiento, 1854- Traducción 1961
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Anexo: 
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Zarpó de Leith el 22 de mayo, y arribó a Buenos Aires el 11 de agosto del año 1825.
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COLONIA MONTE GRANDE
BARCO SYMMETRY”

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