7.2.11

CAPÍTULO VII - Buenos Aires y Chascomús en la década de 1850

En 1909 George Bruce escribió un relato sobre su vida en Argentina y Uruguay, los dos países en los que había vivido. Dicho relato ha sobrevivido las idas y venidas de la familia durante casi cien años, y no ha salido a la luz pública antes del día de hoy. Sin duda su brevedad y sus, digamos, desordenadas descripciones hacen que no se lo considere material apto para la imprenta –como sí lo es el de Jane Robson- pero en ocasiones arroja cierta luz sobre el pasado que lo vuelve fascinante para cualquier persona a quien le interese la historia argentina.

A diferencia de las memorias de Jane Robson, personales y conmovedoras, las de Bruce están enfocadas en lo social y lo político antes que en su vida personal, y ciertamente es debido a esto que sirven para levantar un poco el borde del cortinado tras el cual se esconde la vida turbulenta de esta parte del mundo en el siglo XIX.

Para apreciar por completo el relato de George se necesita un poco más de contexto histórico que el que él ofrece, y debido a ello he intercalado sus memorias con información que espero las hará más relevantes e interesantes.

George & Isabella Bruce

George comienza sus memorias de un modo bastante dramático:

Nací en la ciudad de Buenos Aires en ese año de tanta angustia para los habitantes de Argentina, 1840. Rosas y sus secuaces se dedicaban a asesinar a todos los que se le oponían y que se autodenominaban Partido Unitario. Aquellos que escaparon tuvieron que dejar el país, y no volvieron hasta 1852 con Urquiza y su ejército. Debido a estas masacres el año 1840 ha quedado grabado en la memoria  y nunca ha sido olvidado”.

ROSAS

Juan Manuel de Rosas
.
Lamentablemente poca gente sabrá en la actualidad de estas masacres. Rosas, que representaba las provincias rurales, les había quitado el poder, en 1828, a los Unitarios, luego de un periodo de anarquía y guerra civil. El partido Unitario era una facción educada y con base urbana que pretendía ejercer más control sobre las provincias rurales tributantes del que estas consideraban justo.

Desafortunada y casi inevitablemente, el resentimiento y el espíritu de venganza de estas clases menos privilegiadas contra los que veían como citadinos arrogantes en busca de poder, casi no conocían límites. Y el régimen de Rosas no fue la excepción.

Rosas había enfrentado varios levantamientos contra su gobierno a fines de los años ’30. Los franceses le habían impuesto un bloqueo al comercio internacional, por lo que se sentía particularmente vulnerable. En consecuencia, eliminaba despiadadamente a cualquiera que pudiera significar una amenaza a su régimen, y las clases educadas eran las que más padecían esta situación. Su política de intimidación es la misma con la que han triunfado los tiranos en todos los tiempos.

Incluso el Presidente de la Legislatura fue asesinado por el gobernador Rosas por negarse a aprobar su política de exterminar sin piedad a todos sus oponentes. Según la autobiografía del Coronel King -que cubre los muchos años en los que formó parte del ejército argentino- como el fusilamiento de los oponentes era “tan estridente para los oídos que el efecto desfavorable que podría provocar en el público comenzó a generar temor, se lo sustituyó por la hoja de un cuchillo filoso, empuñado por los salvajes de las pampas”. King  continúa citando una fuente que afirma que durante este régimen se degolló a 3.765 personas, se fusiló a 1.393  y se asesinó a 722, sin contar las 16.520 que se estima que murieron o fueron ejecutadas en combate.

No obstante, sería un error pensar que Rosas no tenía sus adeptos, y que la forma despiadada con la que trataba a sus oponentes provenía de padecimientos del pasado y de injusticias que le habían dolido profundamente.

Sin embargo, muy pocos residentes británicos fueron afectados directamente por estas atrocidades aunque, lamentablemente, una familia fue asesinada. Los británicos tuvieron que extremar la prudencia y la diplomacia, y por supuesto los efectos que causaba el desorden económico hicieron que su existencia se volviera muy difícil, si no frágil. El mantenerse al margen de la política, tener importancia económica para el régimen y contar con un cañonero listo y a la espera les aseguraba que las atrocidades que debían soportar los argentinos y otros extranjeros desprotegidos no los afectarían. Pero Rosas tenía muchos adeptos porque logró cierta estabilidad, y pudo controlar a los salteadores. W. H. Hudson cuenta que su padre, que tenía una estancia, era un firme partidario del régimen de Rosas, sin dudas porque veía en éste un freno al desorden que hacía que la vida en el campo estuviese signada por la inseguridad.

George Bruce fue testigo ocular del triunfal fin del régimen, ya que relata: “Unos días después de la batalla de Caseros (en la que Rosas fue derrotado, el 3 de febrero de 1852), Urquiza marchó con su ejército atravesando la ciudad, bajando por calle Rivadavia, donde se habían levantado arcos de triunfo y colgaban banderas de todas las naciones en todo el trayecto. Pasaron delante de la Catedral. Como mi padre había colocado el arco principal, le permitieron poner un andamio contra la pared de la catedral, donde nosotros, los chicos, nos apostamos con los obreros y pudimos ver las tropas mientras avanzaban marchando. Por supuesto que para nosotros, que nunca habíamos visto algo así, fue inolvidable. Después de la Batalla de Caseros, en 1852, hubo varias ejecuciones.  Troncoso, Alem y Durtino (sic),(ver nota 1 abajo) que habían estado implicados junto a Rosas en los asesinatos de 1840, fueron hechos prisioneros y fusilados en Plaza Victoria y Plaza Concepción. Recuerdo haber corrido todo el camino hacia esta última, en donde se había congregado una multitud para ver a uno de ellos colgando de la cintura de una horca que se había erigido para ese fin. Luego de la Batalla de Caseros el país, y especialmente la ciudad de Buenos Aires, comenzaron a mejorar rápidamente”.

Justo José de Urquiza
LOS PRIMEROS AÑOS

George Bruce recuerda: “de mis primeros días hasta los siete años de edad tengo recuerdos muy vagos. Sólo puedo recordar una o dos cosas que nos sucedieron entonces. Una es que vivíamos en una casa en lo que ahora es Paseo Colón. Todos los ingleses vivían en las cercanías de ese barrio, hasta las calles Reconquista y San Martín. Lo que hace que mis recuerdos de esa casa sean tan vívidos es que nos robaron cuando vivíamos allí. Habíamos pasado la noche en la quinta de mi abuelo y recuerdo la consternación de mis padres cunado regresamos y encontramos que nos habían robado hasta las mantas que cubrían las camas, y que sólo habían dejado los muebles. También se habían llevado una de las cosas más preciadas para mi padre: un escritorio con herrajes de metal que le habían obsequiado sus colegas en Trotters, y que contenía documentos de valor y títulos de propiedad de varios barcos que poseía entonces”.

THOMAS BRUCE

Thomas Bruce era el padre de George, pero aparece muy poco en su relato. Como lo he encontrado en otros relatos podemos unir las piezas para conocer algunos aspectos importantes de su vida. Nació en Escocia en 1808 y aprendió el oficio de ebanista. Es probable que llegara a la zona del Río de La Plata aproximadamente en el año 1830, lo que le daría tiempo para instalar el astillero que le permitió hacerse de varios barcos y celebrar un contrato con el Gobierno para fabricar barcos con el fin de sortear el bloqueo de Francia de 1838 (ver más abajo). Se casó con Mary Moodie, cuyos padres, Jack y Catherine, se habían instalado en el Río de la Plata en una fecha anterior.

Como podremos apreciar gracias a los recuerdos de George, Thomas Bruce  fue un pionero en utilizar una forma más efectiva de transporte marítimo: el barco “ballena” (no ballenero), que permitía que los barcos descargaran con más eficacia en las aguas poco profundas del río y, según cuenta su hijo, comerciar río arriba con Paraguay. Debe de haber progresado mucho en pocos años como para llegar a poseer un astillero y barcos que viajaban a Paraguay.

Pero dejemos a George retomar la narración: “Mi padre era el dueño de un astillero que quedaba cerca de donde ahora se encuentra la estación de Retiro. El astillero fue la causa de su ruina: había celebrado un contrato con el Gobierno de Rosas para construir cúteres que pudieran atravesar el bloqueo francés. Sin embargo, como Rosas hizo las paces con los franceses no necesitó los barcos que habían construido, y como los documentos de mi padre habían sido robados y él había contraído deudas, tuvo que vender todo, salvo los muebles del dormitorio y las herramientas,  para pagarle a sus acreedores. Mi padre fue el primero en construir el barco ballena en Buenos Aires, era de tingladillo, tenía la popa y la proa iguales, y se lo utilizó durante muchos años para transportar pasajeros y cargas desde la costa hasta los barcos que se encontraban en los fondeaderos internos, donde quedaban todos los barcos hasta que se construyó el muelle. Sus barcos estuvieron entre los primeros en traer madera desde Paraguay y el Chaco. En aquellos días estaban todos tripulados con marineros británicos, no había italianos por aquí en ese entonces. Casi todo el comercio estaba en manos de los ingleses, hasta los bodegones de la playa y las cercanías. Todo ha cambiado ahora. Las mismas casas comerciales que eran mayoría entonces, son hoy minoría. Todos los marineros en la playa eran ingleses, y no recuerdo haber visto un solo italiano entonces”.

Es interesante, y a la vez difícil imaginar, que alguna vez hubo una playa en este puerto hoy tan urbanizado, y llama la atención que, cerca de mitad de siglo, prácticamente todo el trabajo calificado y también el comercio estaban en manos inglesas.

EL CAMPO

Arruinado por este robo –que uno sospecha que fue planeado por Rosas- Thomas se mudó con su familia al campo, donde había conseguido trabajo de carpintero con el Dr. Sheridan.

Este último jugó un importante papel en el desarrollo de la producción lanar argentina al importar nuevas razas y mejorar los planteles locales. Su estancia, en el noroeste de Chascomús, fue uno de los sitios clave para este programa de reproducción.

La gran expansión que ocurrió en la agricultura argentina y que hizo que este país se convirtiera en el sexto exportador más grande del mundo no sucedió hasta las últimas décadas del siglo, cuando se eliminó a los indios nómades de las pampas -la fertilidad de cuyo suelo era increíble-, cuando los ferrocarriles y los vapores inauguraron mercados gigantescos en Gran Bretaña, y cuando las mejoras técnicas, como el cultivo de alfalfa, lograron un crecimiento espectacular en la producción agrícola y  ganadera. En este punto, en la década de 1840, la producción agrícola y ganadera todavía estaba luchando por crecer. Pero la producción ovina se encontraba en expansión, se prestaba para las zonas fronterizas que sufrían las incursiones de los indios, ya que los indios no robaban animales que se movían despacio, y las ovejas eran criaturas con los cuales los escoceses tenían una afinidad inmemorial.

Sin embargo, uno de los principales obstáculos que impidió a largo plazo el desarrollo de un sistema agrícola realmente efectivo fue la adjudicación de vastas extensiones de terreno a unos pocos miles de dueños. Al contrario de lo ocurrido en Estados Unidos, en donde luego de la guerra civil se aprobó la Homestead Act que otorgaba ciento sesenta acres a cada productor agropecuario, la política de reparto de tierras en Argentina, y por cierto en toda Latinoamérica, estuvo mayormente basada en un sistema social feudal que permitió que una pequeña minoría privilegiada adquiriera estancias de decenas de miles de hectáreas.

El desarrollo de estas estancias quedaba a cargo de administradores, accionistas, o arrendatarios. Si bien era tal el potencial de estas tierras -sus suelos produjeron enormes excedentes que hicieron surgir una aristocracia rural rica, dominante y con gran poder político- terminaron siendo menos productivas que las de Norteamérica, ya que restringieron las posibilidades para entrar al sector de muchos productores en potencia y crearon un sistema político y social que estaba lejos de ser representativo.
James Dodds
Fue en este marco que los inmigrantes escoceses tuvieron que ganarse la vida. Es cierto que un número bastante grande de inmigrantes británicos pudieron hacerse con la propiedad de grandes latifundios –los Miller, Fair, Burnett, Dodds y Sheridan, en realidad, según Fernández Gómez, unos diecisiete terratenientes británicos poseían 7.5 millones de hectáreas a fin de la década de 1870- pero la gran mayoría de los inmigrantes británicos que se dedicaron a la producción primaria llegaron demasiado tarde: los más afortunados fueron administradores, accionistas o arrendatarios; el resto, mano de obra calificada.

En esta última categoría entró el desafortunado Thomas Bruce cuando perdió su astillero, según narra George: “Luego de que sucediera eso mi padre fue al campo, donde consiguió trabajo en lo de un tal Sr. Sheridan, dueño de la Estancia Galpones, para equipar la casa nueva de la estancia, que estaba en construcción. Al tiempo nos mandó a buscar a mi madre, a mi hermano y a mí, que éramos los únicos en su familia en esa época (1847). Mientras estábamos allí hubo muchos disturbios en el país. Rosas estaba en guerra con los británicos. Había cerrado el río Paraná en un tramo superior, así que los británicos mandaron una flota y se libró la batalla de Obligado”  (el 20 de noviembre de 1845).

Fue entonces cuando asesinaron a la familia Kidd. Vivían cerca de nosotros y su asesinato causó gran conmoción entre la comunidad británica, ya que se pensó que estos crímenes habían sido ordenados por Rosas para intimidar a todos los súbditos británicos y que en cualquier momento iba a haber una masacre general. Había muchos ingleses trabajando en lo de Sheridan en ese tiempo, y estaban preparados y armados, con la intención de vender caras sus vidas.

Durante el reinado de Rosas no se podían pintar las puertas y las ventanas de otro color que no fuera rojo. Hasta las damas tenían que llevar cintas rojas en las capelinas, y los caballeros en los ojales del saco. Los habitantes oriundos de Argentina estaban obligados a que sus cintas tuvieran la leyenda: Viva la República Argentina y Mueran los Salvajes Unitarios.

Una gran cantidad de extranjeros llevaba también estas cintas, porque había habido casos en los que a la gente que no las usaba la habían insultado y asaltado en las calles. Un francés muy ingenioso, editor de una publicación que salía en esa época y que se llamaba “Museo Sud-Americano” escribió un artículo sobre el tema, por lo que  fue encarcelado y murió en prisión.

Finalmente se firmó la paz con Gran Bretaña y el comercio prosperó más que nunca. La cría de ovejas empezaba a llamar  la atención, y la Estancia Sheridan era la más importante del país en ese entonces.

El río Salado era el límite de la provincia, los indios estaban del otro lado pero los mantenían tranquilos obsequiándoles yeguas, que Rosas tenía que darles de vez en cuando. Recuerdo con claridad haber visto a un grupo de ellos venir hasta lo de Sheridan, montados en unos caballos con las crines y las colas largas, en sus manos largas lanzas hechas con cañas y hojas de tijeras de esquilar, y usando un pedacito de trapo rojo como adorno”.


BUENOS AIRES EN LA DÉCADA DE 1850

El relato de George sobre las calles de Buenos Aires es fascinante si la imaginación nos permite eliminar el actual ajetreo de gente, autos y colectivos que hoy rugen en los mismos caminos en los que en la época del relato había palenques y niños jugando en la vía pública. Su fugaz referencia a un Regimiento Negro y a un General Negro nos recuerda que William Miller (mencionado anteriormente) lideró durante un breve lapso un Regimiento Negro durante las guerras por la independencia. Cabe que nos preguntemos si esta gente tristemente borrada de la memoria hace tanto tiempo no merecerá que se cuente su historia, para así ser rescatada del olvido.

“El trabajo de mi padre había terminado, y volvimos a mudarnos a Buenos Aires. Seguí en el colegio hasta que tuve casi doce años de edad, cuando me tomó como aprendiz un ebanista, el Sr. John Shaw, y nos enviaron, a mi hermano y a mí, al colegio escocés.

Había ido allí el mismísimo día que se libró el la batalla de Caseros, en la que Rosas fue derrotado, por lo que huyó del país en un buque de guerra que lo llevó a Inglaterra, donde murió exiliado. El país experimentó grandes cambios después de eso, y progresó rápidamente.

Buenos Aires no era más que una pequeña ciudad en esa época. Lo que ahora es el aristocrático barrio que rodea la Iglesia del Socorro era entonces todo quintas, bordeadas con setos de cactus, y a lo largo de Callao también había puras quintas, aunque eran mayormente pequeños terrenos en los que se alzaban ranchos que pertenecían a la población negra. Qué fue de esa población negra es un misterio, ya que abundaban por ese entonces. Rosas les había concedido la libertad, y había creado un regimiento de ellos con Oficiales, e incluso un General, del mismo color, y se alojaban en un cuartel Negro, donde ahora está la Casa de la Moneda.

Las calles de la ciudad no estaban pavimentadas, y las veredas estaban hechas con un cordón de ladrillos en el borde y rellenas con tierra y ladrillos rotos apisonados, las cunetas iban por el medio de la calle, por donde corría el agua llovida y formaba cataratas en miniatura en su camino al río. Solía ser muy divertido para nosotros, los chicos: cuando volvíamos  del colegio, nos sacábamos las botas, nos remangábamos los pantalones bien arriba de las rodillas y nos íbamos a chapotear en esos pequeños arroyitos y lagunas.

La mayoría de las casas eran de un solo piso y muy bajas, y como los comercios -almacenes, tiendas y pulperías- estaban en las esquinas, se apoyaban en un tirante de madera dura, con una puerta que se abría a cada calle. Todavía pueden verse algunos de ellos. Creo que queda uno en la esquina de Lavalle y Maipú. Colocaban postes de madera dura a lo largo de las veredas para atar los caballos. El piso de la Plaza Victoria era de ladrillos rotos, y también las veredas, y en la esquina donde ahora se encuentra el banco italiano había una pulpería donde los carros de bueyes solían descargar sandías en la plaza.

Toda la basura de las casas se arrojaba a la calle, y los recolectores la paleaban a sus carros de un solo eje y la llevaban a las tierras bajas próximas al río. Donde ahora se halla la Casa de Gobierno había un viejo fuerte español, construido sobre un terraplén y rodeado por fosas profundas, con un puente levadizo. Fue demolido y el edificio circular de la aduana se construyó allí.

Se construyó un malecón a lo largo de esta parte de la ciudad (lo había comenzado Rosas) y la tierra intermedia se niveló hasta la altura de Paso Indio, se plantaron árboles y bajo sus copas se colocaron bancos, logrando así una explanada muy hermosa. Entre el malecón  y el río, a los pies de la muralla, había huecos tallados en la tosca donde se lavaba la ropa; el río los llenaba, y renovaba el agua cuando subía, durante la noche, salvo que un constante viento norte lo mantuviera bajo por varios días.

Desde el malecón se construyó un embarcadero de madera para los pasajeros que bajaban a tierra, pero todos los bultos pasaban de los barcos a unas barcazas y de allí los descargaban y  los llevaban  hasta la Aduana en carros.

La playa era un lugar muy animado en el verano, ya que por las tardes solía ir allí  una multitud de bañistas. De esta parte del río se cargaba agua en barriles, agua que sería vendida de casa en casa cuando, por la mañana temprano, el grito de “aguatero” resonara por toda la ciudad.

La Plaza Victoria (ahora llamada 9 de Julio) estaba formada en ese entonces por dos plazas divididas por un alto arco de triunfo y una hilera de pequeñas residencias con arcos a cada lado; estas residencias, de dos pisos, pertenecían a una familia rica, los Anchorena, que las alquilaban comerciantes de todo tipo. Los arcos solían estar atestados, había un montón  de gente a cualquier hora del día.

Donde ahora se encuentra el Banco de la Nación en una época estaba el Teatro Colón. Antes de la Batalla de Caseros el edificio era una ruina: lo habían comenzado a construir, creo, en el tiempo de los españoles, y ante la carencia de fondos, ya que era un proyecto demasiado ambicioso para la época, la obra se paró: habían levantado las paredes hasta cierta altura, pero no llegaron a techarlo. Después de que Urquiza se hiciera cargo de la ciudad se arregló el lugar, se colocó un techo provisorio y las autoridades municipales y los personajes importantes de la época organizaron un gran baile en honor del gobernante. Después el teatro fue terminado y llamado Colón. En esa época era el más grande en su tipo.

El Banco de la Provincia era el único del país, y podía emitir papel moneda. Las onzas de oro eran de curso legal, pero su valor en papel fluctuaba según la tasa de cambio, y se regía por los pagos en oro a otros países. Muchas apuestas se hacían en onzas valuadas a 16 dólares oro cada una, y estos a su vez a 25 dólares papel (más o menos dos peniques). Este Banco de la Provincia se convirtió en una institución muy fuerte, hasta que los políticos empezaron a hacer uso de los fondos, y se permitió que ciertos individuos giraran en descubierto, dándoles más crédito del que podían devolver, y realizando una emisión excesiva de papel moneda, que de esta forma se devaluó prácticamente por completo. Esto ocasionó un movimiento especulativo contra el banco, y el resultado final fue su cierre”.


COMERCIO

"Toda la actividad comercial se llevaba a cabo con veleros, y cuando mis padres vinieron aquí tardaron un montón en llegar, algunos barcos tardaban hasta seis meses en completar el viaje. Se inauguró una línea de vapores, los primeros se llamaban el British Packet. Luego el Mersey tomó su lugar, transportando pasajeros y correspondencia desde Inglaterra hasta Río de Janeiro, donde se realizaba el trasbordo. A medida que la actividad comercial crecía aparecieron barcos más grandes. Estos tenían que echar anclas en los fondeaderos externos, los bultos se cargaban entonces en barcazas y los pasajeros eran llevados a tierra en cúteres llamados barcos ballena. Luego empezaron a utilizarse, con este fin, pequeños vapores; un vaporcito llamado “The Beauty” (La Belleza) comenzó a hacer el trayecto entre Buenos Aires y Montevideo, y además algunos otros iban a los pueblos y a las riberas de los ríos Paraná y Uruguay.

A lo largo de la playa (ahora Paseo Indio) había comercios y bares, la mayoría de los cuales pertenecían ingleses, ya que los marineros que frecuentaban estos últimos eran todos ingleses también, y eran sus mejores clientes. Recuerdo algunos de los nombres de los dueños de los bares: Tom Brodie, Irish Jim, John Smith. Era también aquí donde Malcom y Allison tenían establos, en donde se alquilaban caballos, y era muy divertido ver a los marineros salir a dar una vuelta a caballo, muchos de ellos medio tomados, no sabían sujetar las riendas ni guiar los animales, y el resultado era que las bestias escapaban al galope con ellos a cuestas, algunos caían rodando, otros se sujetaban de las crines o de la delantera de la silla. Como las calles no estaban pavimentadas la caída no les dolía mucho.

Mirando hacia atrás uno se maravilla ante el poco tiempo en que ha tenido lugar tanto  progreso en este país, en estas cosas y en otras también, y con una rapidez verdaderamente impresionante. Sólo los que hemos nacido aquí, los que fuimos testigos del desarrollo, y de los cambios maravillosos que se produjeron en un periodo tan breve, podemos apreciarlo”.


CHASCOMÚS

Esta pequeña ciudad sombreada, de calles adoquinadas y casas coloniales españolas, situada en una zona de lagunas de donde toma su nombre, conserva mucho de su estilo de siglo XIX, a pesar de encontrarse a tan sólo dos horas de viaje de Buenos Aires.

Se convirtió en un importante centro de asentamiento para los escoceses, y también para los ingleses, desde 1830 en adelante, a medida que se fue desarrollando la producción ovina. Había suficiente cantidad de inmigrantes presbiterianos como para que fundaran en 1857 una pequeña iglesia de adobe que emplazaron en tierras de la Estancia Adela, de Dodds, y tiempo después, cuando la congregación creció, construyeron un edificio de ladrillos de estilo clásico en las afueras del pueblo. Allí se congregaron doscientos cincuenta fieles para su inauguración, en el año1872.

La primera iglesia, llamada “Rancho Kirk”, fue construida en la propiedad de los Dodds, que arrendaba Thomas Bruce. Él y su esposa tuvieron un papel crucial en su construcción y mantenimiento. De hecho, Thomas fue el primer presidente del comité que se formó para proponer y planear su construcción y para buscar fondos para llevarla a cabo. El acta de la primera reunión, realizada con minuciosidad escocesa, contiene también el plan para su financiamiento.

El Rancho Kirk
Los miembros del Comité eran Grant, Blake, McGaw, Bruce, Bell, Dodds y McGaul. Aprobaron una resolución en la cual se comprometían “a aportar una vez por año el valor de diez ovejas por cada mil- el valor actual es de 30 pesos por oveja”.

La comunidad debe de haber ido prosperando, ya que en 1861 lograron recaudar dinero suficiente como para llevar un pastor y pagarle una casa parroquial. Tiempo después también llevaron un maestro rural.

Para 1872 parecen haber progresado bastante, ya que consiguieron reunir fondos como para construir una bella iglesia, que aún existe, aunque rara vez se usa y corre riesgo de convertirse en una ruina.

Los fondos para construir la iglesia salieron de doscientos cincuenta donaciones de los pobladores –algunos hicieron donaciones dobles- y la recaudación fue de $416.000. Los nombres principales que figuran entre los contribuyentes eran Dodds, Reid, Bell y Burnett. Thomas Bruce aparece también con un generoso aporte.

George colaboró también con sus dotes de carpintero y construyó los bancos de iglesia para Rancho Kirk, y además ayudó a construirla.

La iglesia actual, y su cementerio, donde descansan quinientos treinta y cuatro fieles, se hallan emplazados en un pequeño cuadro, a la sombra de los árboles, y son hoy víctimas del abandono. Durante una de mis visitas al lugar me encontré con que uno de los bancos construidos por Thomas Bruce aún estaba en uso en esta “nueva” iglesia, y que los valiosos -y descuidados- registros y libros de los inmigrantes pueden ser solicitados por cualquier persona que quiera examinarlos.

Una nota muy interesante sobre el padre de George aparece en Scottish Settlers in the River Plate (Colonos escoceses en el Río de la Plata), que dice acerca de él y de su hermano:

“Gran parte de la propiedad alcanza una alta renta por su lechería, ya que los Sres. Bruce han instalado con éxito la célebre máquina elaboradora de manteca pasteurizada en la estancia. La anticuada mansión, aunque posee pocas comodidades modernas, se encuentra a orillas del arroyo Vitel. A esta propiedad no le faltan atractivos, tiene jardines y plantaciones de frutales, y cuenta con edificaciones modernas, como establos para los animales de raza y galpones para almacenar los productos, construidos por los Sres. Bruce durante todos estos años en que han residido allí”.

Es curioso que George nunca mencione el papel pionero que tuvieron en la industria de productos lácteos cuando describe los largos años en que vivieron en la Estancia “Valle Santa Ana”.

Pero es hora de que George retome la palabra: “Después de que estuve de aprendiz durante casi un año, mi padre me llevó, con toda la familia, al campo. Había acordado con el Sr. Juan Fernández ir a medias con una majada de ovejas en su propiedad cerca de Chascomús. Sólo estuvimos dos años en Puesto Grande, ese era el nombre del lugar.

La estancia se llamaba “Manantiales”, y la administraba el Dr. Diego de Alvear, que nos trató bastante mal, vendió nuestros capones de la majada y se quedó con todo el dinero, diciendo que los había descontado del capital.

Mi padre llevó el asunto a la justicia, pero fue en vano, ya que Alvear tenía allí más influencia que él, así que se fue, llevándose las ovejas que le correspondían a la Estancia Adela, del Sr. Dodds. Allí construyó una casa e hizo un acuerdo de tipo accionario. A nuestras ovejas les había ido muy bien, porque tuvieron campos de la mejor calidad en abundancia. Habíamos duplicado nuestro capital, y en consecuencia arreglamos “ir a medias” con el Sr. Dodds.

El tipo de ganado que teníamos, en general el mismo que había en todo el país, era cruza de carneros Merino con ovejas Criollas de mecha larga, que producía cerca de 2,5 libras de lana por animal –gradualmente esta cantidad se incrementó por medio de cruzas a 3 libras por animal.

El campo al que fuimos en la Estancia Adela era de calidad inferior. Solía inundarse mucho en invierno, así que aunque nos quedamos ahí como cuatro años no pudimos hacer mucho para salir adelante, como no sea que mi padre y mi hermano salieron a trabajar para mantener la casa. Me temo que debimos habernos mudado mucho antes de lo que lo hicimos pero no hay ninguna estancia excepto ésa que tenga semejante cantidad de tierras bajas, en donde el agua se acumula en invierno. Las vizcachas abundaban en las tierras más altas, y su número creció rápidamente, se extendieron hacia las tierras más bajas hasta que un invierno inusualmente húmedo las obligó a huir debido a las inundaciones. Finalmente los estancieros se dieron cuenta del daño que causaban y comenzaron a matarlas, cavando la tierra alrededor de sus entradas y haciendo un borde bien grueso, que hacía que se ahogaran cuando querían salir.

En este lugar, Valle Santa Ana, no logramos mucho, considerando los años que estuvimos allí. Algunos años hacíamos un poco, y perdíamos mucho cuando nos tocaba un mal año.

Los campos eran abiertos en esa época, no había en realidad campos cercados, así que tu propio ganado y el de tu vecino vagaban por todos lados, y cuando tocaba un mal año todos lo sufrían por igual.

Uno de los años en los que estuvimos ahí fue particularmente malo, se murieron todas nuestras vacas, excepto los terneros; los caballos parecían esqueletos andantes, teníamos que cuerear los animales y arrastrar los cueros a pie hasta la casa; murieron todos nuestros corderos y además perdimos treinta de nuestras ovejas más grandes. Nunca he podido olvidar ese invierno. No tuvimos  lluvia hasta el 25 de mayo. Hubo tormentas de tierra tremendas, una vez una duró todo el día. Tenía que andar a caballo todo el día para evitar que mi rebaño se mezclara con el de mi vecino. De vez en cuando nos encontrábamos pero la mayor parte del tiempo no nos llegábamos a ver, era peor que la niebla.

A todos nos robaron los caballos y las yeguas una noche. El único caballo que quedó fue uno que yo había atado. Los buscamos por todas partes, pero fue inútil. El robo de caballos era muy común en esa época. Se culpaba a los chilenos por este tipo de depredación. Solían llegar a la provincia de Buenos Aires para trabajar en la yerra, y tenían por costumbre regresar siempre provistos de muchos caballos. Tuvimos que comprar algunos caballos y yeguas para empezar todo de nuevo.

En el año 1866 estalló una epidemia de cólera que diezmó la población en todo el país, e incluso afectó a los indios. Muchos conocidos nuestros murieron, pero por suerte nadie en mi familia murió por su causa. Llevábamos adelante una vida muy simple: no bebíamos nada más que agua, tomábamos la precaución de limpiar el aljibe minuciosamente, y si bien estuvimos en contacto con algunas víctimas, ayudando a cuidarlas y también a sepultarlas, no tuvimos ni un solo síntoma de la pavorosa enfermedad. Chascomús sufrió terriblemente, y tuvo que implementarse un nuevo camposanto y los ataúdes se apilaban uno sobre otro en gigantescas zanjas. Nos alegramos cuando todo esto terminó.”

George continúa relatando cómo dejó Chascomús para administrar una granja en Uruguay, sin mucho éxito. Por eso regresó brevemente a la Estancia Santa Ana, donde era dueño de la mitad del ganado y un tiempo después abrió un corralón que vendía madera y hierro, negocio para el cual lo había convencido el Sr. Hubbell, y para el cual se asoció con su cuñado, John Invent. “Nos fue muy bien por un tiempo, pero al  fin tuvimos que dejarlo y liquidar.”

El hecho de que el tendido ferroviario se extendiera (en 1875) fue la causa de que el comercio disminuyera, trasladándose a la estación terminal en Dolores, de donde también se fue cuando el ferrocarril se extendió más lejos.

"Como Chascomús es sólo una zona rural, la población no crece como lo haría si hubiera fábricas o chacras. Prosperó mucho por un tiempo, cuando en las graserías se derretían las ovejas excedentes del país, que habían llegado a ser tan numerosas y tan baratas que la única forma de librarse de ellas era derretirlas, ya que su grasa todavía se vendía bien. Pero luego su precio cayó, debido al descubrimiento de aceites minerales, y los pobres estancieros de esa época nos vimos perjudicados por los precios bajos y el cierre de las graserías. En consecuencia tuve que mudarme de nuevo, esta vez a la Banda Oriental (Uruguay) donde he estado desde entonces”.

Con este toque triste y amargo tenemos que despedirnos de las memorias de  George Bruce en Argentina. Sabemos que su padre, Thomas, se quedó en el país hasta que murió, en 1883, y que su madre vivió hasta 1901. Ambos descansan en el cementerio de la iglesia que tanto quisieron.

Resulta curioso que George no mencione en sus memorias ni la construcción de las iglesias ni la “muy exitosa lechería” a la que se refiere James Dodds. Algunas cosas seguirán siendo un misterio.

A los lectores les agradará saber que, después de una vida tan dura y con pocos logros en la actividad agropecuaria, George llegó a administrar con mucho éxito una de las estancias más grandes de Uruguay, donde formó una gran familia y “pasé los días más felices de mi vida”.

George & Isabella Bruce

De hecho las décadas que van desde 1880 hasta 1920 fueron la era dorada de Argentina (y Uruguay). Al liberar las tierras de los desafortunados pero problemáticos indios se abrieron a la agricultura millones de hectáreas de algunos de los suelos más fértiles del mundo. Las inversiones (principalmente británicas) en ferrocarriles, puertos, servicios públicos, vapores y refrigeración, combinadas con nuevas tecnologías aplicadas a la agricultura y mejores razas de ganado, y los millones de obreros, en su mayoría italianos, transformaron lo que en el pasado había sido un páramo atrasado y empobrecido en una de las áreas agrícolas más productivas.

Quizá sea apropiado terminar recordando las palabras de George: “Mirando hacia atrás uno se maravilla ante el poco tiempo en que ha tenido lugar tanto  progreso en este país, con una rapidez verdaderamente impresionante. Sólo los que hemos nacido aquí, los que fuimos testigos de este maravilloso desarrollo, podemos apreciarlo”.


REFERENCIAS

Memorias personales de George Bruce
“Scottish Settlers in the River Plate”, James Dodds, 1897
“The Argentine Republic”, Col. J. King, 1856
“A Hundred Years in Buenos Aires”, J. M. Drysdale, 1829-1929

-oOo-

Notas:
(1)  De hecho los ejecutados se llamaban Ciriaco Cuitiño y Leandro Alén, (con n) este último el padre de Leandro Alem.  El hijo prefirió cambiar la última letra de su apellido para evitar la asociación con su progenitor.


Agradecimientos = Haga click AQUI

12 comentarios:

Monica dijo...

Hay algun museo donde se muestre esto?? Porque justo ahora estoy en un hotel con spa en buenos aires, y me gustaria ir y conocer mas sobre esta parte del mundo!!

Lonicera dijo...

Gracias por su comentario, Mónica. Según tengo entendido existe un museo en Chascomús.
Saludos
Caroline

Anónimo dijo...

Mi abuelo Diego Bell era de Chscomus, estoy buscando informacion sobre él. Ojalá pueda alguien darmela.
ramonbell4@hotmail.com

Anónimo dijo...

Queria agregar que mi abuelo Diego Bell debe de haber fallecido hacia 1900 y algo... en Chascomús, segun contaba mi madre, Clelia Bell.

Darío Cerquetti dijo...

Excelente relato, es bueno conocer nuestro pasado para entender nuestro presente... Chascomús- Bs. As.- Argentina.

Lonicera dijo...

Gracias Sr Cerquetti por su comentario, se lo he pasado a mi tío Gordon por mail.
Caroline, administradora

Dario Cerquetti dijo...

En septiembre del corriente año hay programado una exposición de historia local en Chascomus, de mi punto de vista seria oportuno exponer este relato como trabajo literario con el objetivo de conservar una visión de los que fueran los primitivos habitantes. Con su consentimiento. Llevo apellido Cerquetti Paterno (descendiente Italiano) y MacLean Materno (descendiente Escoces) Saludo ATTE. dariocerquetti1978@hotmail.com

Mónica Brown dijo...

Hola. según tengo entendido mi tatarabuelo, John Brown (casado con Jane Dunlop, ambos escoceses) y su hijo, Thomas Hay Brown, mi bisabuelo, (casado con Marion o Mariana Bell en 1890, ambos argentinos) están enterrados en el cementerio presbiteriano de CHascomús. Hay alguna manera de acceder a información histórica o genealógica de las familias escocesas del lugar?? Tanto John como Thomas Hay vivieron, según dicen la info digitalizada del cementerio, en la localidad de Jeppener. Gracias. Mi mail: moni968@hotmail.com

Patricia Stuart dijo...

Qué curioso, desciendo de los Bruce (de Chascomús). Creo que George era hermano o primo de mi tararabuelo Robert Stuar Bruce. Pero también mi tatarabuelo irlandés era John Browne, casado con Anne Fench. Tenemos el libro de George en casa. Saludos!

Patricia Stuart dijo...

I meant Stuart Bruce.

Luciana Maggio dijo...

Hola, alguien sabe decirme donde puedo encontrar información especifica acerca de la “muy exitosa lechería” a la que se refiere James Dodds ???

Lonicera dijo...

Fue Fernandez Gomez en Gesta Britanica – pero son 5 volumenes y no recuerdo cual. La Estancia Santa Ana existe y Fernadez Gomez cuenta que fue el origen de leche pasteurizada en Argentina.

Lo que sorprende es que George Bruce, hijo de Thomas, no menciona la Estancia ni la pasteurisacion